29 abril, 2008
Crisis forzadas
Que Fraga es un político interminable lo demuestra, además de su edad, que aún a día de hoy se empleé su famosa técnica de demostrar que algo no está mal haciéndolo uno mismo. Naturalmente me refiero a Palomares y el célebre baño del, por aquel entonces, Ministro de Información y Turismo tras la caída accidental de algunas cabezas nucleares en los alrededores de esa localidad. Desconozco si esta fue la primera vez que un político empleó esta técnica para demostrar a la opinión pública que algo que parecía inseguro no lo era en realidad porque él lo hacia. [Quizás, si hacemos algo de memoria, la primera en emplear esta maña fue la Reina Isabel con sus paseos en el Londres bombardeado de la Segunda Guerra Mundial.]

La técnica es sencilla. ¿Radioactividad en una playa? Baño en la playa. ¿Carne vacuna con la enfermedad de Creutzfeldt-Jakob? A comer carne de vaca como un loco. ¿Aceite de girasol bajo sospecha? A beber aceite de girasol como un poseso y a buscar, inmediatamente después, un baño en el que dar salida al aclarado intestinal que puede provocar tanto abuso del oleoso elemento.

En realidad la única innovación del Ministro de Sanidad es cagarla de manera más monumental, aún, que muchos antecesores en el cargo. [Y mira que está complicado superar el cocido con rodilla de cerdo de Celia Villalobos.] Las alarmas sanitarias suelen tratarse de una manera un tanto dispar y, siempre, en función del sector al que afecta. Y cuando decimos sector, naturalmente, en ningún caso nos referimos a la población. Se trata de la potencia que le dan sus contactos y las influencias que éstos pueden ejercer sobre los responsables políticos. Sin ir más lejos, los poderosos lobbies pro-nuclear han conseguido disimular el incidente de la central como si fuese mero episodio de Los Simpson.

Comunicar en las situaciones de crisis es difícil. Muy difícil. Lo que es sencillo es crear una crisis comunicando una situación que no debería ser de riesgo. Es decir, si el Ministro hubiese hecho una declaración pública situando el problema en los términos justos en los que se trata, describiéndolo y dando el nombre de las empresas exportadoras afectadas por la contaminación, puede que hubiese hundido a unas cuantas aceiteras. Pues los consumidores habrían tachado de la lista de su compra a las mismas. Pero con este ocultismo y desconocimiento de la situación real, ha provocado que las ventas de aceite de girasol caigan de manera generalizada. Más cuando no se sabe qué empresas están afectadas. Ahora, como no se sabe cuál es, pues todas malas. Cosa que seguro le agradecerán las aceiteras al Gobierno.

La comunicación en situaciones de crisis requiere un conocimiento absoluto de la realidad para no dejar ningún cabo suelto y expuesto a la especulación y la interpretación. En este sentido, la comunicación del Gobierno, al igual que ya sucediera en la Legislación pasada, es un completo desastre. Y no se arregla con mejores argumentos, pues la réplica es que en unos meses ofrecerá la lista de las marcas afectadas por el aceite ucraniano. Y es imprescindible no mentir. Pues hasta la fecha se ha afirmado con rotundidad que el aceite está contaminado con hidrocarburos pero que, en ningún caso, es peligroso para la salud de los consumidores. Más le vale al Ministro que no lo sea y no le aparezca un pez de tres ojos. Comunicar obviando la verdad de una manera evidente en situaciones de crisis suele salir mal o muy mal si te pillan con el carrito de los helados. Y si no hagan memoria.

En cualquier caso, estas crisis de carácter silencioso (no hay gente gritando, simplemente se dedican a no comprar aceite de girasol), no son sino espasmos de lo que podrían ser. Durante unas semanas la mayoría de los consumidores mirarán mal al girasol tornando sus ojillos al mucho más caro aceite de oliva. Y poco a poco, como ya sucediera con las vacas, los pollos y otros derivados, la sociedad española caerá imbuida en el tópico clásico de “ahora es cuando más controlado está el tema del aceite”, y el consumo se recuperará. Las empresas se quejarán, el Gobierno ofrecerá unas indemnizaciones al sector, y fin del asunto. Y como único riesgo te la juegas si diez años después te aparece un par de enfermos de encefalopatía espongiforme. Claro, que diez años después a quién pides responsabilidades.

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25 abril, 2008
Obama, frente a la sombra del racismo
Este titular del diario El País hace mención a las complicaciones que en los últimos tramos de la precampaña demócrata le han surgido a Barack Obama. Tan sólo hace un par de semanas que la candidatura del senador de Illinois recomendaba a Clinton abandonar la lucha para evitar un mayor desgaste y, sobro todo, desembolso de dinero. Ella, con las carencias de su rival presentes, no ha cejó en su empeño, consciente de lo favorable de los estados que le quedaban por disputar. Estados en los que mayoritariamente la población es blanca, de clase media o trabajadora, y jubilados (con excepciones como Carolina del Norte). Es decir, el nicho de votantes de Clinton.

Estos votantes son fieles a Hillary. Aunque se ha vivido alguna que otra traición en los momentos en los que la candidatura de Obama estaba en la cresta de la ola, lo cierto es que, y con la victoria de Pensilvania se ha confirmado, siguen del lado de la senadora por Nueva York. Ahora se dice que este alineamiento de los grupos de votantes está dinamitando la candidatura de Obama. Ella ha ganado en la mayoría de los estados que eligen delegados por voto popular [sistemas de elección]. Además, lo ha hecho en muchos de esos segmentos clave a la hora de elegir Presidente. Cuestión que preocupa a Obama. Él sabe que no convence a estas personas y que, a pesar de llevar una cómoda ventaja de cara a la Convención Nacional que designará al candidato, la falta de proyección en unas elecciones presidenciales puede pesarle mucho. Entre otras cosas porque en el Partido Demócrata empiezan a preguntarse qué candidato contará con alguna posibilidad ante Mccain. Y más un partido alejado del poder ocho años y sin una perspectiva muy clara de recuperarlo inmediatamente, sea Obama o Clinton.

Lo que está claro es que si Obama no entra en muchos de los grupos de votantes claves, pese a ir encabezando la precampaña, lo tiene complicado en unas hipotéticas elecciones. Se está generando, además, una divergencia entre la militancia del partido y los intereses del mismo. Los militantes apoyan a Obama, tal y como demuestra el reparto de delgados que se ha producido hasta la fecha. Sin embargo, los militantes no son los electores. Los ciudadanos son un grupo tremendamente heterogéneo que ha dado, en los estados con sistema de voto popular para la elección de sus delegados, el apoyo a Clinton. Es una evidencia, además, que ambos se reparten una minoría clave en la elección. Para él los negros, para ella los hispanos. Empate. Pero además, ella se queda con los jubilados. Un voto tradicionalmente más conservador y en el que al Partido Demócrata le cuesta arrancar apoyos. También se queda con las mujeres (excluyendo a las negras) y con los blancos de clase media y trabajadora (fundamental este grupo al que recientemente Obama ha insultado gravemente). Él, por su parte, no encuentra rival entre los grupos de votantes jóvenes. Muy activos políticamente en el partido pero poco en una sociedad con cierto sedentarismo político.

Sí, la cosa pinta mal para Obama desde el punto de vista estratégico, aunque sigue contando con la enorme ventaja de tener más votos que ella y hacer primar la lógica de las matemáticas (aunque existen modelos alternativos). Pero no sólo necesita ganar por tener más delegados. Necesita hacerlo convenciendo de que puede ganarle a Mccain en todos los segmentos de población. La imagen es fundamental. Pero el tiempo apremia para una candidatura victoriosa hasta hace un par de semanas y a la que ahora empiezan a verle todos sus defectos. Y como último ataque o disculpa, no sabría decirles, han decidido a jugar la carta de la exclusión. Desde el primer momento de la campaña tanto Hillay como Barack acordaron que ser mujer o ser negro no sería un tema en disputa. Ambos han cuidado mucho no introducir esta evidencia como un punto de litigio, dejando a los secundarios hablar de ello. Y así ha sido. Por un lado miembros de la campaña y simpatizantes de Clinton han mencionado la misoginia estadounidense como un gran lastre para la senadora. Por su parte, y casi hasta la fecha, la candidatura de Obama y simpatizantes han dejado deslizar una especie de idea romántica del cambio que supondría que las minorías llegasen a la Casa Blanca. Sin embargo, y ante el último envite de una desesperada Clinton y la imposibilidad de penetrar en el segmento de votantes blancos, empieza a dejarse caer que Obama tiene dificultades porque Estados Unidos es un país de racistas.

La cosa no deja de tener gracia. Puede, y seguramente sea cierto, que Estados Unidos no quiera un Presidente negro. Del mismo modo que puede, y seguramente sea cierto, que Estados Unidos no quiera un Presidente mujer. Puede que por ello Mccain sea hombre y de un blanco de guiri recién llegado a Benidorm con sus calcetines negros. Pero lo que es indiscutible es que tanto para uno como para la otra, jugar esta carta, es el último navajazo que se podían dar. Obama se queja y llora porque los blancos no le votan. Del mismo modo en el que Hillary podría decir que los negros no la votan a ella. Pues la fidelidad de los votantes negros a Obama supera el 90%. Unas cotas extraordinariamente altas. Y asimismo, el segmento de las mujeres blancas está controlado por Clinton (con mucha menos fidelidad a decir verdad), únicamente porque identifican en la candidata a una compañera o amiga.

No obstante, no se dejen confundir. La cuestión del racismo no contribuirá con la candidatura de Obama. En primer lugar porque a nadie le gusta que le insulten. Y en segundo lugar, y aún más importante desde el punto de vista estratégico, porque muestra una enorme debilidad de su candidatura a favor de una Hillary que, al menos en esto, se salva. No queremos decir que sea ella la que esté propiciando este debate. Pero sí que lo tiene muy presente y que en este terreno tiene todas las de ganar.

Qué ganas tengo de que triunfe la propuesta encubierta de Aguirre para que el PP instaure el método de primarias para la elección del candidato a la Presidencia del Gobierno. Lo que nos vamos a divertir.

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22 abril, 2008
Ni pa’ ti, ni pa’ mi
Esperanza Aguirre siempre ha tenido una especial habilidad para decir no cuando quiere decir sí, y decir sí cuando quiere decir no. Una habilidad que en política vale su peso en oro y que ella ha explotado con gran inteligencia como demuestra su dilatada e importante carrera. Y en esto tiempos de lo que ella misma ha denominado como “período precongresual no podía faltar a sus modos. Ella quiere ser, no Presidenta del Partido Popular, sino Presidenta del Gobierno. Y es tan evidente que lo ha negado con tan poca rotundidad, y dejándose una puerta tan abierta, que cualquiera puede ver sus intenciones. Decir que el PSOE ha gobernado en España durante 20 años y el PP sólo 8 años, es decir mucho cuando se refiere a líder que ha perdido dos elecciones seguidas. Pide, la Presidenta de la Comunidad, autocrítica para averiguar el por qué de las derrotas populares. “Ganamos muchas de las batallas ideológicas y sin embargo perdemos las elecciones”, afirmaba. “Algo tendremos que revisar”, concluyó. Unas palabras que recordaban mucho a la ponencia que Ruiz Gallardón, “Si hemos perdido es que algo hemos hecho mal”, y que le costó una sonora pitada del público.

El problema que presenta Aguirre es que Aznar blindó el poder del líder popular. No es que pensase en Rajoy, sino que lo hizo en él mismo. En tiempos del hiperliderazgo, Aznar reformó el reglamento para que cualquier candidatura que se presentase a un congreso del partido requiriese 600 compromisarios como condición previa. Una cifra nada despreciable pues más o menos hay unos 2.500 (+ unos 500 miembros natos). Una medida clásica en los partidos presidencialistas y que responde a la incuestionable figura del líder que la llevó a cabo. Otra cosa es que gracias a esa medida, un líder altamente cuestionado vea cubierta sus miserias de cara a blindar un poder que en realidad no ha terminado de desempeñar nunca. Por tanto, este autofavor que se hizo a sí mismo Aznar, es el que está fastidiando la candidatura de Aguirre, que tiene a sus chicos contando compromisarios a ver si llega al mínimo exigido y puede presentar batalla en el congreso. No es que la candidatura le garantice la victoria en el congreso, pero al menos si le da la posibilidad de dar una sorpresa como la que se dio en el 35 Congreso del PSOE.

Y mientras ella cuenta compromisarios y busca apoyos, al tiempo en el que no despeja su futuro para no pillarse los dedos, Rajoy anda jugando a la piñata. Sí, a la piñata. Confiado en su suerte y sus cuentas, con el aparato del partido y el apoyo de la mayoría de los barones populares, el bueno de Mariano se está dedicando a darle palos a Aguirre cada vez que encuentra una ocasión. Secundado, en algunas ocasiones, por Gallardón (o su fiel escudero Cobo), que aprovecha la ocasión para devolver algún golpe de los muchos que ella le ha dado a él. Demostrando, el líder del PP, una vez más, su cobardía y su total inoperancia y desprecio por los intereses de su partido. En primer lugar, si quiere debate que abra el Congreso y rebaje las condiciones para presentar candidaturas. Que no se aproveche ahora para decir públicamente lo que piensa de Aguirre y ante el primer envite mande a su equipo a decir que no ha dicho lo que todo el mundo le ha oído decir. Mucho más, cuando se permite el lujo de despreciar Madrid. Sí, Madrid puede ser sólo 25 personas, pero los votos de Madrid fueron los que le permitieron sacar pecho en las Municipales y Autonómicas. Y, más grave aún, el PP sin un resultado similar en Madrid, jamás tendrá una opción real de gobernar en España. Sólo le faltaba al PP, después de perder Cataluña y el País Vasco, perder ahora Madrid. Menuda herencia va a dejarle Mariano a su sucesor, o sucesora.

Pero puede ser aún más cobarde Rajoy. Como clave última de su estrategia avisa que él no anunciará hasta el día antes el nombre de las personas que le acompañan en su candidatura. Es decir, seguirá jugando con la incorporación, o no, de Ruiz Gallardón para cabrear a la otra y hacerle ver que si ella se presenta, él presenta al Alcalde de Madrid como Secretario General. La culpa de esto no la tiene la inquina de Aguirre contra Gallardón, ni la cobardía de Rajoy que no tiene el más mínimo asomo de valentía política. La culpa de esto la tiene la ambición del Alcalde, que debería desmarcarse cuanto antes y salvar, al menos esta vez, su honrilla. Y que conste, que apuesto por el Alcalde como candidato a la Presidencia del Gobierno. Que a kamikaze no me gana nadie.

Por último, y como pirueta final, los sectores mediáticos próximos al PP intentan salvar la cara, sobre todo los próximos a Aguirre, diciendo que todo esto es parte de una maraña que hace que no se hable de las cosas malas que hace el Gobierno. Como si la gente fuese del todo gilipollas y se inventase que ella y Rajoy ya no se llevan ni juntan.



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20 abril, 2008
La cocina presidencial
Hillary agota su tiempo y el tiempo agota a Hillary. El sector mediático estadounidense está dispuesto a enterrar a la precandidata demócrata y ya ha sido declarada perdedora. No es que critique a estos medios de comunicación por hacer lo que hacen siempre. Pues antaño apoyaron al propio Bill en su precandidatura del mismo modo que hicieron posteriormente durante las dos campañas presidenciales que ganó. Lo que pasa es que puede que la ex asesora de campaña de Hillary tenga mucha razón, del mismo modo que también la tenga el propio Elton John (toma ya! Menudo referente político.). Ambos concluían que sólo la misoginia impediría que Clinton fuese presidente. En realidad la ex asesora iba un poquito más lejos.

Obama es negro, sí. Y también es hombre, sí. Así que es hombre y negro. Esto está claro desde el principio de la contienda electoral. Y la combinación de ambos factores es una ventaja, por mucho que se haya intentado sacar de la campaña el color de la piel y el género de los candidatos. Mientas que a Hillary le pesa el continuismo de su apellido (piensen en Bush-Clinton-Bush y otra vez Clinton) y el machismo imperante en prácticamente todo el mundo. Y si no que se lo digan a las ministras… Lo que quizás no está tan claro es si un hombre que ha subido como la espuma y no tiene demasiada experiencia puede ser un buen presidente del gobierno. En esta cuestión la respuesta es sencilla y casi automática, seguramente no pero si la gente le vota será que sí. Y tampoco significa que Clinton cuente con la experiencia necesaria para sacar de la crisis que vive Estados Unidos pese a su estancia de ocho años en la Casa Blanca como Primera Dama. Sin embargo, esta es la carta que la candidatura de Clinton está jugando, de manera muy acertada, con Obama. “Si no soportas el calor, sal de la cocina”. Es decir, si me acusas de continuismo, toma continuismo.

Obama, seamos realistas, no es más que una pegatina bien confeccionada a la que a veces le falta algo de pegamento para no plegarse por las esquinas. No es que Hillary no cuente con su buena dosis de marketing. Su cirujano, sin ir más lejos, puede dar buena cuenta de ello, pero es que estamos hablando de un fenómeno meteórico. Hollywood se siente fuerte por poder colocar de nuevo a uno de sus chicos en la Casa Blanca y el poder mass media está por la labor. Desde el primer momento ambos candidatos han jugado a la campaña negativa, por lo que las acusaciones de Obama a una Hillary desesperada están absolutamente descompasadas en el tiempo. Pero es que la cagada de Obama ha sido espectacular. Acusar a la América rural de “amargados, aferrados a la religión y las armas” es cavar tu propia tumba. Son muchos los votantes que se encuentran en ese perfil criticado por un recién descubierto elitista candidato. Hasta la fecha la elitista era ella, pero parece que ahora que se ve próximo al despacho oval, él también pierde distancia con el suelo y se eleva sobre el plano.

No deja de tener gracia que sea Obama ahora el que acuse a Clinton de decir lo que la gente quiere oír. En primero lugar, porque es eso lo que tratan de descubrir las baterías de encuestas y sondeos que se hacen en cada estado en el que se celebran primarias. Y en segundo lugar, además de que ambos lo hacen, porque era la tradicional acusación que Clinton le hacia a su compañero de partido. Por tanto, esta “pelotera” de Obama y el ataque de su candidatura contra las técnicas desesperadas de Clinton evidencia una cosa, que se está poniendo nervioso ante el resuello de la candidatura de su rival.

En el deporte, ante la proximidad de una victoria, se intenta averiguar si el deportista en cuestión será capaz de acabar ganando o la perspectiva del éxito le hará desconcentrarse y terminará perdiendo (eso que dicen en el argot del tenis, ¿le temblará el brazo?). No hay mejor símil. Ante la inminente victoria de Obama, las malas artes de la comunicación política y el marketing político han salido al rescate de una Clinton extasiada. Y a esto ha contribuido declaraciones desafortunadas de Obama, un pastor religioso que se supone intenta ayudarle y, sobre todo, las primeras encuestas a nivel federal que conceden una tímida ventaja a Clinton. A Obama le empieza a temblar el pulso y no ha averiguado la manera en la que acabar con la carrera de Hillary. Esto puede costarle caro. La imagen prediseñada como una fotocopia del mismísimo Kennedy se desmorona poco a poco ante la impaciencia del éxito y se le empieza a comparar con Kerry. Y no hay nada peor que un efecto recuperación o remontada para recabar apoyos y un efecto derribo o derrota para perderlos.

La próxima parada es Pensilvania. Un estado en el que Hillary contaba con una ventaja de 20 puntos en el inicio de las primarias pero que, lógicamente por la caída a los infiernos de Clinton, había descendido hasta 5 puntos. Ahora parece que será algo más holgada, aunque habrá que esperar hasta el recuento en una urnas en el que los “pueblerinos” que tan poco le gusta a Obama tienen un peso específico. En caso de ser mayor de lo esperado, Clinton no sólo respirará sino que pondrá mucho más nervioso a su rival obligándole a emplear una estrategia más agresiva para no perder el que puede ser el estado definitivo en su carrera presidencial, Carolina del Norte.


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14 abril, 2008
Una iconografía para la III República
La enseña que ven sobre estas líneas no es otra que la bandera de España que el bando nacional adoptó como propia durante la Guerra Civil. En un primer momento, el pronunciamiento de Franco y los nacionales hablaban del respeto de la legalidad republicana y la vuelta al orden anterior a los últimos años de la II República. Por ello, durante la contienda eliminaron el morado “republicano y volvieron al tradicional rojo y gualda. Una vuelta que no eliminó el escudo con la corona mural ni el resto de símbolos republicanos. Simplemente el orden o la vuelta al estado anterior se traducía, en el lenguaje iconográfico, en un sencillo cambio de color de una sola franja. Un sólo color marcaba la diferencia ideológica de dos bandos, por encima de la forma del Estado.

El nido de conspiradores que frecuento, y que se parece más a un club de yoga por el éxito que obtenemos habitualmente en nuestras elucubraciones, se planteó una terrible duda, ¿cómo crear una nueva iconografía que apoye la idea de una III República? La cosa es que el morado no vende. O mejor dicho, vende una idea que no ayuda ni apoya a la III. Como hemos dicho en otras ocasiones, la tricolor está tan vinculada al período histórico en el que se creó que no puede proyectarse como idea de futuro. Su vinculación a la Guerra Civil, procurada en extremo por aquellos que insisten en defender la corona, está tan arraigada que será difícil desprenderse de esa carga. Sin embargo, en este sentido el tiempo juega a su favor. Pues la generación, o generaciones, que ha vivido la guerra o la postguerra desaparece paulatinamente. Por tanto, ese miedo antropológico que se mete con el binomio República-Guerra Civil pierde progresivamente fuerza. Puede que no todo lo rápido que nos gustaría. Es por ello que estamos ante la obligación de buscar nuevos símbolos que representen una manera de pensar una República actual, saltándose los recuerdos y proyectándose en un futuro cercano.

En España, seamos realistas, no existe una corriente de pensamiento favorable a la República. Por mucho que nos duela, los cuatro gatos y tres nostálgicos son insuficientes. Y si todo el apoyo que le queda a la III son los quemafotos o los periodistas del corazón resentidos, estamos jodidos. Pero no todo está perdido. La inexistencia de un sentimiento republicano no implica la inexistencia de unos síntomas republicanos. Me explico. Como todos saben, un síndrome (como el de Ottinger) es un conjunto de síntomas. Los síntomas pueden ser de lo más diverso y sólo en conjunto suponen un fenómeno como un síndrome. En la actualidad, y traducido esto a términos políticos, se observan muchos síntomas de un republicanismo evidente. No son exclusivamente republicanos. Cierto. Pues la existencia de un carácter más o menos democrático, o la concepción de lo Público como una prioridad del Estado, pueden ser ideas coincidentes con otras mentalidades o formas de Estado. Pero cada vez son más las señales que evidencian una incomprensión con el modelo actual, atacándolo en la base que sostiene su idiosincrasia, la irracionalidad de garantizar un sistema democrático en el nacimiento de un varón.

Todas estas señales, puede que mínimas, debe ser canalizadas para generar un síndrome republicano. De nada sirve que la gente no esté de acuerdo con el abultado presupuesto de una familia a la que se mantiene a perpetuidad, o que los intereses privados prevalezcan sobre los públicos... si no concluyen en una “caída de la venda”. Hace mucho tiempo me preguntaron en qué cambiaría España si en lugar de ser una Monarquías parlamentaria fuese una República (federal, esto lo digo yo). La respuesta es sencilla de escribir pero complicada de imaginar. Y es que el Estado no se herede de una tradición monárquica corrupta, llena de pactos fraticidas, en la que no existe una idea de modernidad... hace que el modelo que resulte sea el actual. Sin embargo, imaginen por un momento que no hay deudas del pasado. Que la modernidad es la motivación y que el Estado convierte a los ciudadanos en la garantía de su modelo y no a un varón de una determinada familia. Este cambio de mentalidad puede ser tan sustancial que la transformación formal de un Rey a un Presidente de República sea sólo una anécdota.

Pero para que todas estas piezas encajen y formen el puzzle es necesaria la creación de un sentimiento republicano. Es en este punto donde debemos propiciar el nacimiento de una nueva iconografía para la III República. Unos símbolos que pongan de manifiesto la voluntad de ruptura con el modelo actual y que inviten a unir las discrepancias que los ciudadanos pueden tener con esta Monarquía Parlamentaria. Por encima de las ideologías partidistas y por encima del binomio descrito anteriormente. No tenemos una propuesta concreta, aunque se aceptan ideas y sugerencias. Puede que la bandera actual sin corona ni flor de lis (por mucho que se parezca a la del bando nacional y, por tanto, le haga el juego a los guerracivilistas), puede que una franja morada en la primera banda en lugar de la tercera para indicar que ya no se trata de la II sino de la III, un escudo sin corona de ningún tipo... algo hay que crear. Del mismo modo en el que la II rescató el himno de Riego como banda sonora revolucionaria, para terminar convirtiéndose en himno oficial, es necesario crear una inercia. Debemos crear algo que al principio pase inadvertido y que poco a poco pueda calar y dejarse entender más allá de la estética que presente. Un símbolo al servicio de una idea creciente que cada vez una más voluntades.

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07 abril, 2008
En el mismo sitio
Aficionado como soy, por vocación y proyección (espero), a los experimentos psicológicos y psiquiátricos, el viernes de la semana pasada tuve la fortuna de vivir un agradable suceso. En una jornada más de huelga de los autobuses urbanos, que ya son unas cuantas y todas a cuenta de la nómina de los trabajadores, monté en la línea “A” a eso de las nueve y pico de la mañana. La cosa transcurría como se esperaba, pero algo imprevisto sucedió, algún fallo en el sistema de refrigeración hizo que el exterior del autobús se mojase más y más. No parecía peligroso porque el líquido se derramaba hacia el exterior y sólo se podía percibir por el otro lado de las ventanillas traseras, por lo que la mayoría de las personas no se dieron cuenta. Sin embargo, y ante el desconcierto que esa pérdida de fluidos le ocasionaba al conductor, éste decidió parar en un lado de la carretera y avisar a la grúa mientras el pasaje (universitarios todos) esperaba, sorprendentemente, su muerte situándose tras la parte trasera del autobús. Supongo que además de a la muerte también esperaban a que el siguiente autobús, al ver la avería, parase y nos recogiese. El caso es que a los pocos minutos apareció un autobús completamente vacío que paró, como es lógico, delante del que se había estropeado para que así los coches que transitaban por aquella carretera no pudieran arponear a mis inconscientes compañeros de viaje.

El hecho interesante, además de mencionar la ausencia de víctimas mortales, se produjo cuando todos pudimos subir al autobús de rescate. Yo, por lo general, acostumbro a sentarme en la parte trasera. Puede que sea por una reminiscencia de mis tiempos en el colegio en el que mis queridos profesores siempre decían eso de “los malos y los peores siempre se sientan atrás”, o simplemente se deba al hecho de que me bajo en la última parada. Independientemente del motivo, ahí me tienen sentadito en la última fila en uno de los rincones, antes y después de la avería. Es decir, al subir al autobús que nos socorrió, y siendo el primero en hacerlo, ocupé el mismo sitio en el que me encontraba en el averiado. Un hecho que no me hubiese llamado la atención de no ser porque la gente, según entraba, se iba sentando en los mismos lugares en los que se encontraba en el autobús que se estropeó. ¿Cómo me acordaba del lugar en el que se sentaba el pasaje? Bueno ese es otro defecto del que otro día les hablaré. Pero el caso es que un altísimo porcentaje de personas ocuparon los mismos asientos, reduciéndose a unas seis u ocho personas (de unas cuarenta y ocho) las que cambiaron de asiento para mejorar. Esta mejora consiste en pasar de asientos más estrechos a los primeros de las filas traseras, algo más anchos. Sin embargo, y pudiendo mejorar al entrar de las primeras personas, aquellos que iban sentados de espaldas a la marcha no hicieron el menor ademán de cambiar su posición, ocupando de nuevo su incómodo lugar.

No tengo una explicación elaborada. Ni un desarrollo similar realizado en la Universidad de tal sitio. Simplemente lo comento como un patrón de conducta, el de guardarse el sitio a uno mismo, que nunca había vivido en primera persona en ámbito tan descontextualizado como un autobús. Cuando la gente se monta, de un viaje a otro, ocupa los lugares que van quedando libres. Quedando reducidas las posibilidades de elegir a aquellas personas que entran en primer lugar. Por tanto, este recuerdo de buscar el sitio y respetárselo a los demás (en un alto grado) es de lo más curioso. Más si tenemos en cuenta que se trata de personas anónimas. La inexistencia de una figura de autoridad. Sin un premio ni un castigo. Ni siquiera escuchamos el silbido del perro de Pavlov. Pero si somos capaces de memorizar un patrón de conducta en tan corto período de tiempo, qué no harán los comerciales con nuestros hábitos de consumo.

Y luego me dicen que la campaña permanente no influye en los resultados o que los medios de comunicación no socializan.

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03 abril, 2008
Imágenes casuales
Como no podía ser de otra manera, el entorno chavista ha puesto el grito en el cielo ante lo que consideran un ataque de terrorismo mediático. No se trata de la publicación de un diario secreto del Presidente Chávez en el que se descubre como un gran admirador de su tan odiado Bush. En realidad todo se reduce a la publicación, por parte de la agencia Reuters, de una fotografía en la que el mandatario aparece con dos sombras tras su cabeza. Durante su visita a Brasil, el fotógrafo pudo tomar la instantánea que ven junto a este texto y en la que, con el ángulo adecuado, los círculos negros simulan las orejas de Mickey Mouse. No se trata de una imaginación enfermiza. Es que salta a la vista. Ni en Disneyland te las ponen así. Pero como la puñeta vende, pues ya tenemos una conspiración de la CIA, News Corp (Reuters forma parte del complejo de muchimillonario australiano) y el Gobierno de los Estados Unidos para desprestigiar al Presidente de Venezuela. Parece todo demasiado exagerado. Más cuando no se trata más que del viejo recurso de la imagen espectacular que anula el concepto o la información.

La prensa, de manera tradicional, ha empleado el documento gráfico como parte de la estrategia comunicativa. Como un acicate a sus lectores, los periódicos seleccionan sus fotografías de portada para apoyar sus titulares en lugar de redactar titulares que apoyen las informaciones. En la lógica de “que la realidad no te estropee una buena noticia”, son miles de miles los ejemplos. Desde las más célebres de Hearst hasta las no menos famosas fotografías que el diario ABC acostumbraba a publicar de Arzallus. Una boca abierta, una mano levantada, una mirada aparentemente agresiva… sólo una cuestión de ángulo. Decía Sartori, y los que me conocen saben el poco seguimiento intelectual que hago del viejo profesor italiano parafraseado hasta la infinidad por su propio ego, que la imagen no se encuentra al servicio de la información sino que es la información la que se encuentra al servicio de la imagen.

La perversión es doble si tenemos en cuenta que la imagen no existe. No es que se trate de una creación del Photoshop, aunque no descarten un montaje en el que aparezca Chávez con más pecho que una estrella del porno, sino de la manipulación de lo que está pasando en ese plano de sucesos que algunos valientes llaman realidad. Aunque en este caso no deja de ser una cosa simpática (por mucho que insistan en conspiraciones son más bien conspiranoías de aquellos que ponen el grito en el cielo), los medios acuden a un revelado que puede mostrar un líder agresivo, con cara de tonto, desesperado… aunque no sea agresivo, tonto o esté desesperado. Será la imagen elegida la que determine la naturaleza del fotografiado. Así que sonrían, pero no al estilo Rajoy, que se lo ponen muy fácil.

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