Que Fraga es un político interminable lo demuestra, además de su edad, que aún a día de hoy se empleé su famosa técnica de demostrar que algo no está mal haciéndolo uno mismo. Naturalmente me refiero a Palomares y el célebre baño del, por aquel entonces, Ministro de Información y Turismo tras la caída accidental de algunas cabezas nucleares en los alrededores de esa localidad. Desconozco si esta fue la primera vez que un político empleó esta técnica para demostrar a la opinión pública que algo que parecía inseguro no lo era en realidad porque él lo hacia. [Quizás, si hacemos algo de memoria, la primera en emplear esta maña fue la Reina Isabel con sus paseos en el Londres bombardeado de la Segunda Guerra Mundial.]La técnica es sencilla. ¿Radioactividad en una playa? Baño en la playa. ¿Carne vacuna con la enfermedad de Creutzfeldt-Jakob? A comer carne de vaca como un loco. ¿Aceite de girasol bajo sospecha? A beber aceite de girasol como un poseso y a buscar, inmediatamente después, un baño en el que dar salida al aclarado intestinal que puede provocar tanto abuso del oleoso elemento.
En realidad la única innovación del Ministro de Sanidad es cagarla de manera más monumental, aún, que muchos antecesores en el cargo. [Y mira que está complicado superar el cocido con rodilla de cerdo de Celia Villalobos.] Las alarmas sanitarias suelen tratarse de una manera un tanto dispar y, siempre, en función del sector al que afecta. Y cuando decimos sector, naturalmente, en ningún caso nos referimos a la población. Se trata de la potencia que le dan sus contactos y las influencias que éstos pueden ejercer sobre los responsables políticos. Sin ir más lejos, los poderosos lobbies pro-nuclear han conseguido disimular el incidente de la central como si fuese mero episodio de Los Simpson.
Comunicar en las situaciones de crisis es difícil. Muy difícil. Lo que es sencillo es crear una crisis comunicando una situación que no debería ser de riesgo. Es decir, si el Ministro hubiese hecho una declaración pública situando el problema en los términos justos en los que se trata, describiéndolo y dando el nombre de las empresas exportadoras afectadas por la contaminación, puede que hubiese hundido a unas cuantas aceiteras. Pues los consumidores habrían tachado de la lista de su compra a las mismas. Pero con este ocultismo y desconocimiento de la situación real, ha provocado que las ventas de aceite de girasol caigan de manera generalizada. Más cuando no se sabe qué empresas están afectadas. Ahora, como no se sabe cuál es, pues todas malas. Cosa que seguro le agradecerán las aceiteras al Gobierno.
La comunicación en situaciones de crisis requiere un conocimiento absoluto de la realidad para no dejar ningún cabo suelto y expuesto a la especulación y la interpretación. En este sentido, la comunicación del Gobierno, al igual que ya sucediera en la Legislación pasada, es un completo desastre. Y no se arregla con mejores argumentos, pues la réplica es que en unos meses ofrecerá la lista de las marcas afectadas por el aceite ucraniano. Y es imprescindible no mentir. Pues hasta la fecha se ha afirmado con rotundidad que el aceite está contaminado con hidrocarburos pero que, en ningún caso, es peligroso para la salud de los consumidores. Más le vale al Ministro que no lo sea y no le aparezca un pez de tres ojos. Comunicar obviando la verdad de una manera evidente en situaciones de crisis suele salir mal o muy mal si te pillan con el carrito de los helados. Y si no hagan memoria.En cualquier caso, estas crisis de carácter silencioso (no hay gente gritando, simplemente se dedican a no comprar aceite de girasol), no son sino espasmos de lo que podrían ser. Durante unas semanas la mayoría de los consumidores mirarán mal al girasol tornando sus ojillos al mucho más caro aceite de oliva. Y poco a poco, como ya sucediera con las vacas, los pollos y otros derivados, la sociedad española caerá imbuida en el tópico clásico de “ahora es cuando más controlado está el tema del aceite”, y el consumo se recuperará. Las empresas se quejarán, el Gobierno ofrecerá unas indemnizaciones al sector, y fin del asunto. Y como único riesgo te la juegas si diez años después te aparece un par de enfermos de encefalopatía espongiforme. Claro, que diez años después a quién pides responsabilidades.
Etiquetas: comunicación crisis











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Aficionado como soy, por vocación y proyección (espero), a los experimentos psicológicos y psiquiátricos, el viernes de la semana pasada tuve la fortuna de vivir un agradable suceso. En una jornada más de huelga de los autobuses urbanos, que ya son unas cuantas y todas a cuenta de la nómina de los trabajadores, monté en la línea “A” a eso de las nueve y pico de la mañana. La cosa transcurría como se esperaba, pero algo imprevisto sucedió, algún fallo en el sistema de refrigeración hizo que el exterior del autobús se mojase más y más. No parecía peligroso porque el líquido se derramaba hacia el exterior y sólo se podía percibir por el otro lado de las ventanillas traseras, por lo que la mayoría de las personas no se dieron cuenta. Sin embargo, y ante el desconcierto que esa pérdida de fluidos le ocasionaba al conductor, éste decidió parar en un lado de la carretera y avisar a la grúa mientras el pasaje (universitarios todos) esperaba, sorprendentemente, su muerte situándose tras la parte trasera del autobús. Supongo que además de a la muerte también esperaban a que el siguiente autobús, al ver la avería, parase y nos recogiese. El caso es que a los pocos minutos apareció un autobús completamente vacío que paró, como es lógico, delante del que se había estropeado para que así los coches que transitaban por aquella carretera no pudieran arponear a mis inconscientes compañeros de viaje.


