18 noviembre, 2009
La presunción de veracidad y las multas de aparcamiento
Esta expresión, presunción de veracidad, es toda una suma de conceptos en sí misma. Ya había oído hablar de ella, pero nunca la había empleado. En mi profesión huimos tanto de lo jurídico que a veces uno se pregunta por qué explicar la Constitución cuando no es más que una Norma. En fin, el caso es que en medio de una pensada para preparar un recurso a una multa de aparcamiento, apelé a todos mis conocimientos para enfrentarme lo mejor posible al ‘no pago’ de 180€. Por supuesto, la suma de todos mis conocimientos incluía, qué duda cabe, una fundamental, Google. Qué gran universo para hacer acopio de sentencias, decretos, ordenanzas, recursos, defectos de formar y nulidades en general.

Y ya que estamos arriesgando la pérdida del descuento del pronto pago por no pagar nada, en este particular tablero en el que la Administración es juez y parte, y si no te mola te vas al contencioso a perder dinero y tiempo, me he decido a contar, por si pudiera serle de utilidad a alguien, el proceso en sí mismo.

El caso empieza por el principio, no podía ser de otra manera, aparcando en una calle de Madrid, en la zona de residentes, con su correspondiente tarjeta identificativa, un viernes noche Todo correcto. Al menos eso creía yo. Porque aparcando así, bien, en residente, a la mañana siguiente, sábado, no tendría que despertarme antes de las nueve de la mañana para ir a dar vuelta con los otros doscientos vecinos que tampoco tienen donde aparcar el coche. Todos con la señora mirando por el balcón y gritando: “¡Pepe! ¡Corre. Sale uno!”. Y el pobre Pepe compitiendo con otros muchos Pepes por colocar su coche en un hueco en el que casi no cabe un contenedor de basura. Pues sí. Pensaba yo, feliz e inconsciente de mí, me libro de correr mañana. Y así fue. Lo malo llegó el lunes. A las nueve y poco de la mañana me dirigí al lugar en el que estaba aparcado el coche. Y allí estaba. Toda la contundencia de la Administración en forma de un minúsculo ticket en el que me comunicaban que me habían cascado una multa de 180€ por estacionar por tiempo igual o superior a cinco minutos en zona de carga y descarga. Todo ello firmado por una controladora del S.E.R. ¿Cómo? ¿Carga y descarga? ¿Dónde está la señal? ¡Hija de la gran… en suma una acumulación de sensaciones. Así lo dejamos.

Una cosa verdaderamente dramática. Si la Administración quiere hacernos la vida más fácil, no entiendo porque comunica tan mal. Veamos. Para qué demonios se pone una zona de carga y descarga en un espacio delimitado por franjas verdes que delimitan una zona de residentes. Mi no entender. Y dónde está la señal… el día de autos, noche del viernes, justo delante del coche había aparcada una furgoneta de gran tamaño. Y, con toda sinceridad, no había señal alguna que pudiera verse. Una vez bajé del coche, mire y nada. Ya el lunes, después de dar gracias porque sólo me habían puesto una multa el sábado y no la del lunes. O peor todavía, podían haber llamado a la grúa y haber tenido que ir al depósito a por el coche con el consiguiente chorreo monetario. Infortunios que al menos no padecí. Pero siguiendo con la argumentación, si la Administración quiere comunicar de manera efectiva para hacer más fácil la vida a sus ciudadanos, y causando un perjuicio mi coche a cualquier repartidor que necesitará utilizar el espacio que hay reservado para él, no sería más fácil siendo un vehículo con el distintivo del barrio (zona S.E.R.) haber tecleado el número de la matrícula y haber descubierto, como por arte de magia y gracias al registro que el Ayuntamiento tiene, que el coche permanece a un vecino que vive calle arriba y que en lugar de causar un perjuicio a nadie todo se soluciona con una sencilla llamada diciendo: si el coche que está ahí no lo mueve ‘en ya mismo’, llamo a la grúa. Sin embargo, esto, que causaría un coste a la Administración, además del consiguiente problema derivado de que una contrata estuviese en posesión de nuestros datos personales privados (je,je,je esto tratándose del Ayuntamiento de Madrid tiene gracia, y mucha), es una solución inviable. Sí, ya sé que abusarían muchos de este servicio todo hijo de vecino, teniendo a los controladores del S.E.R. como unos gorrillas cualquiera. En fin, leído el ticket lo siguiente que uno hace es percibir la coartada. Sí. No pensar en ella. La palabra correcta es percibirla. Pensar en qué elementos que uno tiene delante de él pueden ser determinantes para salir de esta situación. La culpa no se asume en ningún caso.

La verdad es que fue sencillo. Sólo había una señal de prohibido aparcar. La de la izquierda, que indica el inicio de la zona (que no incluye limitación por metros), pero en ningún momento había una que la cerrase. Una falta de la Administración. Vaya. Y es que puede entenderse o interpretarse que es toda la zona. Pero eso no es así necesariamente. En primer lugar porque revisando la acera se ve el lugar del que fue arrancada la señal de cierre y, por tanto, se aprecia la dejación de la Administración en sus obligaciones relativas a la conservación de la señalización. Y no sólo eso. Al no estar pintada la zona con un zig-zag u otra marca vial, se puede entender o interpretar, que la zona de carga y descarga carece de toda delimitación. Una a mi (hipotético) favor.

Pero no para ahí la cosa. Crecido en mi búsqueda de errores de la Administración en los que sustentar el no pago de la multa, veo que en la señal dice prohibido aparcar los días laborables… y a mi me han multado en sábado. ¿El sábado es laborable? ¿Desde cuándo? Una sorpresa en toda regla que el Derecho Administrativo soluciona diciendo que todo lo que en el calendario no está en rojo es día laborable. [Es por ello que en las señales en las que aparece la referencia al sábado lo hace por una excepcionalidad, para indicar que se levanta la prohibición.] Algo con lo que el Laboral no está del todo de acuerdo, pero no creo que por esta causa se pongan jueces y magistrados a pegarse para crear jurisprudencia.

Desechado, con posterioridad el tema del día de la multa, quedaba el elemento clave: la demandante. En estas cuestiones el Derecho Administrativo es claro y contundente en sus sentencias el Tribunal Supremo: los controladores del S.E.R. no son una Autoridad Pública y no son competentes para imponer sanciones administrativas. Su capacidad se limita a la mera denuncia voluntaria que debe realizarse ante una Autoridad competente para que ésta imponga la sanción correspondiente. Al carecer de la presunción de veracidad, su palabra vale tanto como la nuestra y, por tanto, para realizar una denuncia deben aportar la carga de la prueba o lo chivarse a un policía de verdad. Al no encontrar en el parabrisas la receta de la Municipal respiré y me dije, ya está, defecto de forma.

Foto aquí, foto allá, la calle sin señal, archivado el ticket de la denuncia y a otra cosa mariposa. Transcurrió el mes de octubre, pasaba el de noviembre y zas, cartita del Ayuntamiento de Madrid. ¿La tasa de basuras? ¿Subida del IBI? ¿Pago del canon por los derechos de autor de los aros olímpicos? No. La multa.

Nuevamente recurrí a un… ¡Hijos de la gran…!

180€, 30% de descuento si no molesto a la Administración con un recurso. Pero en mi espíritu no está dejar de ser combativo. Dejé dormir el asunto, tanto que casi se me pasan los quince días que te dan de plazo para recurrir, y me puse con ello. Releí la carta en la que el lenguaje es proceloso, no podía tratarse de otra cosa, e ilógico. Después de manifestar que el coche estaba estacionado, te piden que identifiques al conductor. Veamos. Alma de cántaro, para qué demonios iba a ser necesario identificar al conductor de un vehículo aparcado si la sanción que se le impone no quita puntos del carnet. Mi no entender. Si pese a ser considerada como una sanción “muy grave” no tiene derivada consecuencias penales. En fin, que sepan ustedes que si no se identifican están incurriendo en una falta y/o delito y tendrán que abonar más dinerito aún. Así que no se despisten en este asunto.

Antes de sentarme a escribir el recurso, qué pena haber tenido a un profesor de Derecho Administrativo tan malo durante la carrera (Friginal como profesor eras una nulidad, nos alegraría tu jubilación pero seguro que tu plaza la ha heredado el libro de Enterría que nos hacías resumir), hice memoria de todas las cosas que he aprendido trabajando con la Administración. Y así salió lo que salió: una consulta a Google que me derivó a todo tipo de foros de multas. A este respecto debo decir, antes de nada, que hay gente en estos foros que debería ser sancionada doblemente por pedir consulta sobre su caso. Si te han pillado a 170km/h por una vía de 90km/h no preguntes cómo librarte de pagar la multa o librarte del juicio, asume que eres un peligro al volante y acepta las consecuencias. Dicho esto, en los foros mencionados se puede encontrar de todo, incluso información valiosa en la que apoyar tu recurso. Es más, se pueden encontrar recursos a los que sólo le falta colocar el nombre y firmar. Toda una ventaja en esta especie de guerra silenciosa que siguen los recaudadores con los conductores.

Recalibrado el recurso uno debe pensar cómo lo haría si fuese la Administración. Es decir, debe apoyarse en sus mismas reglas, esto es, en sus Decretos, Leyes y Ordenanza. Rápido vistazo a diversos Decretos, un artículo aquí, uno allá, esta Ordenanza dice que… y aquella sentencia del Supremo esto otro… Un cúmulo de información que debe sostener el recurso y apoyar el no pago de los 180€. Finalmente, y dentro de esta lógica perversa en la que uno debe demostrar que no ha hecho nada malo, optó, como ya he anticipado, por recurrir por la vía de los defectos de forma. En primer lugar por la inadecuada señalización. Falta una señal y no existe marca vial. Acuso al Ayuntamiento de Madrid de dejación de sus funciones y, por seguir cabreándolos, les digo que de octubre al día de hoy la señal sigue sin ser reparada.

Después, a por la controladora claro, no queda otra. La señora del S.E.R., y esto apúntelo que es válido para todos los casos, no es una Autoridad Pública por mucho que lleve uniforme, un librito de notas y coma donuts. No, no es un policía. Y por tanto, carece de la famosa presunción de veracidad. Esto es, que su palabra no vale más que la tuya. Me explico. Esta expresión significa que un funcionario público, como un policía, tiene a priori veracidad sobre los hechos que relata. No necesita aportar prueba más allá de su testimonio, sin bien es cierto que para determinados tipos de delitos se requiera. Y al no estar reconocida como una Autoridad Pública, la señora del S.E.R. que me ha dejado una multa, debía haberse chivado a un Agente de la Autoridad y éste haberme endosado la denuncia. Al no hacerlo, la denuncia posee un defecto de forma que el Ayuntamiento suele solucionar de dos maneras. La primera de ellas es con la sorpresiva aparición de un papel de denuncia de un munipa y cuya copia alguien se llevó del limpia del coche. Todo un descubrimiento favorable a la Administración. Y, en segundo lugar, con la carga de la prueba, esto es, la foto con fecha y hora.

La primera eventualidad, en principio, no debería valer, pues la denuncia en sí misma llega con la controladora como demandante, por tanto, en caso de haber tenido la Policía Municipal ese papelito debería haberla tramitado la Autoridad competente. Claro, que el Ayuntamiento, insistimos nuevamente, es de lo más sorpresivo. Y en lo que se refiere a la segunda, el defecto de forma debería anular esta posibilidad. Mucho más si tenemos en cuenta que la denuncia viene sin los datos de la demandante. Sí, España es un país de denuncias anónimas pero fuera del período administrativo conocido como Guerra Civil, la Administración no las admite, y cualquier procedimiento de este tipo debe incluir el nombre, profesión y domicilio del demandante. Información que el Ayuntamiento sustituye por el número del controlador. Algo del todo improcedente. Expliquemos esto. Los Agentes de la Autoridad, para protegerse, pueden poner en la denuncia lo que sería su número de placa, y este numerito sería sustitutivo de sus datos personales. Sin embargo, al no estar reconocidos como tal, que los controladores pongan su número es del todo insuficiente como sustitutivo de sus datos. Cosa que el Ayuntamiento sabe sobradamente pero con la que trata de pasar por alto la ratificación de la denuncia, pues la mayoría de estos controladores tienen un contrato temporal y cuando deben ratificar ya están en la calle. Y claro, no vayas a tocarle los huevos a un parado con ratificaciones varias después de haberle mandado a la puta calle.

Nulidad de pleno derecho. Que me dejen en paz, y sin necesidad de una disculpa formal, que no me pasen los 180€.

En fin, pues así, en grandes rasgos, se fue el escrito de descargo y alegaciones, por correo certificado dirección a la calle Albarracín de Madrid. Seguiremos relatando el proceso y como, previsiblemente, la Administración jugará sus cartas para endosarme el pago de la multa.

En esta voluntad de servicio público, que me den ya el premio al Ciudadano R, dejo enlazadas alguna documentación que, en caso de encontrarse en una situación similar, deben consultar:

Real Decreto Sancionador 320/1994
Ordenanza Municipal de Movilidad para la Ciudad de Madrid
Sentencia 26/12/98 del TS Recurso de Casación nº 7215/1997
Real Decreto Ley 339/90
Ley Orgánica de Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado

Para más dudas y aclaraciones los comentarios.

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17 noviembre, 2009
Pensamientos profundos
¿Por qué uno puede permitirse, por ejemplo, pedir la liberación de Aung San Suu Kyi y no liberar a todos los presos que tienes en tu país sin las más mínimas garantías?

Rita The Singer, compulsiva en sus críticas

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30 octubre, 2009
Mariano, las lentejas se están pegando...
No mucho tiempo atrás Aguirre afirmó que era una buena aficionada al mus. Debió tomar nota de esto su archienemigo, un Gallardón que ha decidido jugar, una vez más, una nueva partida de ese juego en el que las cartas están marcadas por varias personas, el tapete no es regional sino nacional y el árbitro es parte implicada en el desarrollo de la acción.

Como primera jugada de esta partida (que no tiene más que ligeras pausas) aparece la famosa entrevista de Cobo en la que se despachó a gusto con una Aguirre que lleva tiempo intentando cambiar la Presidencia de la Caja de Ahorros madrileña. Una ataque que entraría en lo “normal” de dos enemigos íntimos que se golpean siempre que pueden. Lo que nadie se explica es la excusa que se han buscado esta vez, que no es otra que la elección del candidato a ocupar la dirección de Cajamadrid. Como esto es mucho más fácil de explicar que el caso Gürtel, cuya maraña desarrollada se escapa a mi capacidad de entendimiento (y que, ya lo verán, terminará en miniserie), me atrevo a realizar un breve resumen de la historia del PP regional para explicar la sorpresa que causa que Aguirre no quiera a Rato como Presidente de Cajamadrid y que sea el candidato de Ruiz Gallardón o de Rajoy.

El Partido Popular de Madrid es una estructura más o menos pequeña (no confundir con la nacional), con un cierto hermetismo y un enorme poder. Dentro de esta organización, y como no podía ser de otra manera, existen figuras claves a la hora de explicar el reparto del poder. Una de estas figuras es la de Rodrigo Rato, el auténtico dominador del PP regional que tenía, hasta hace no mucho, a Pío García Escudero como uno de los hombres de confianza que le guardaban el redil. Además de esto, hay que tener claro que Rato no traga a Gallardón, o no lo hacia hasta ahora, y este es uno de los motivos por lo que apoya a Aguirre en su afán de aplastar un Alcalde de Madrid al que Rajoy no ha tenido más remedio que dar bola en la Ejecutiva Nacional para evitar su marginación en la Regional. Por si fuera poco esto, también nos encontramos con un Rajoy con problemas en el partido y con una buena proyección electoral (vía encuesta) derivada de la crisis. Un Rajoy del que se dice, comenta, rumorea… ayudó a filtrar el escándalo de Gescartera para cargarse a Rato de la carrera sucesoria. Hecho que redujo las pocas opciones que le quedaban a Rato tras su oposición a la intervención española en la Guerra de Irak (y que manifestó por vía indirecta). En suma, Rato perdió la carrera y se separó, y mucho, de Rajoy. Sin embargo, y pese a la distancia, Rajoy se ha convertido en el máximo defensor del ex Ministro de Economía. Mientras que Aguirre, que contaba con el apoyo y defensa de Rato, ahora resulta que no le quiere para su Caja de Ahorros. Por tanto, en los últimos meses tenemos la siguiente jugada: Aguirre, una niña de Rato, de repente y sin saber cómo ni por qué, no quiere saber de él y quiere dejarle el chiringuito económico de la Comunidad de Madrid a González, su vicepresidente y hombre de confianza de ella. Algo normal desde el punto de vista del control político de la administración de la cuarta entidad financiera de España. Pero lo que sorprende más aún es que al mismo tiempo, los enemigos de Rato se han convertido en sus máximos valedores, apoyándolo en un “los enemigos de mis enemigos son mis amigos”. Un cambio de posicionamiento que Aguirre ha tratado de salvar argumentado que Rato es un candidato estupendo pero que ella no elige al Presidente de Cajamadrid.

Tras este resumen, y teniendo en cuenta que el proceso renovador de la Caja está paralizado por el juzgado gracias al Ayuntamiento de Madrid, tenemos la jugada en toda su dimensión. Con las primeras encuestas electorales favorables a nivel nacional para el Partido Popular (sólo encuestas, no se confundan con votos), parece que Rajoy llegará a las Generales de 2012. Esto hace que la batalla por la sucesión entre Gallardón y Aguirre cambie de perspectiva. Gallardón sabe que tiene muy difícil a día de hoy cargase a Rajoy. No tiene los apoyos necesarios y, más o menos, trabajan públicos circundantes en el PP. Por su parte Aguirre, tras su marginación en el Congreso popular de Valencia, ve pocas opciones y, con una eventual victoria en 2012, es consciente de que sus aspiraciones acabarían. Por tanto, en dos años debe acabar con el Alcalde, como máximo competidor, y con el Presidente de su partido. Un esfuerzo que todavía no había empezado, no de una manera pública al menos, y para el que Gallardón se ha adelantado dando el primer golpe a través de su fiel escudero. Por supuesto, Gallardón, que sabe que nada tiene que hacer, también hace sus cálculos y trata de eliminar a su competencia por lo que pudiera pasar.

Con Cobo poniendo a parir a Aguirre, y ésta pidiendo la cabeza del Vicealcalde a la Dirección Nacional de los populares por las ofensas contra “el Gobierno más importante que tiene el PP en España”, se da rienda suelta a un nuevo enfrentamiento. Rajoy, de momento, pasa del tema, pide tiempo y convoca a los suyos a una reprimenda. Pero, ¿dónde está la jugada? Fácil. Si Rajoy expedienta a Cobo, Gallardón recibirá un nuevo correctivo, con el que podría provocar un órdago más, Aguirre reforzará su posición y todo quedará, más o menos, como hasta ahora. Sin embargo, si Rajoy pasa y sólo amonesta levemente a Cobo, se evidenciará la distancia entre la Dirección Nacional y la Regional, que después de pedir la cabeza del injuriante y mover a sus leales dentro del partido, quedando en evidencia Aguirre. Un subordinado injuria a su máxima responsable y no recibe castigo. Su posición de poder quedaría tan tocada que, en mi opinión, sólo le quedaría una opción: la dimisión como Presidenta del Partido Popular de Madrid. Una dimisión que, lógicamente, la alejaría de una eventual candidatura a la Presidencia del Gobierno. En caso, claro está, de abrirse este proceso.

¿Esta puede ser una jugada maestra? Para Gallardón desde luego, pero vayamos más lejos aún. ¿Dónde puede estar la auténtica jugada? Pues muy probablemente, y sin buscarlo necesariamente, el posible máximo beneficiado sea un Rajoy que observa, una vez más, la eliminación de la competencia a su sucesión. Expliquémoslo. Rajoy es heredero de su propia historia y de sus maestros. Algo que nadie puede evitar. Y conoce bien cómo hay que hacer para que nadie te quite la silla. Y es que en tiempos de Alianza Popular, Manuel Fraga, Presidente y fundador del partido, vivía bajo una máxima organizativa: divide y vencerás. Don Manuel se esforzó en situar en los puestos claves de AP a personas que se llevaban mal con otros pares, de modo que se aseguraba que nunca unirían sus voluntades para luchar contra él. De este modo su posición no se veía amenazada en ningún momento y era fácil atajar cualquier intento de subvertir el orden establecido. Y aquí es donde puede estar la jugada maestra. Pues si Rajoy pasa de unos y otros, y castiga calculadamente a Cobo, provocará un cierto linchamiento a Gallardón y un cabreo de Aguirre. Es decir, más división entre ellos y menos fuerzas que puedan amenazar su posición de poder dentro del PP, aún cuando aparentemente es tan débil. En conclusión, Rajoy sigue ganando con las broncas de Gallardón y Aguirre y, pese a ser un líder que ha perdido dos elecciones, una de ellas viniendo de una mayoría, sigue en su puesto.

- Mariano, las lentejas se están pegando…
- Por mi, como si se matan.

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14 octubre, 2009
Anestesias endémicas
La corrupción es un fenómeno que algunas democracias padecen con más o menos sentimiento de resignación. En España, sin duda, estamos cubiertos de este sentimiento. Tanto que estas Navidades podemos regalar cesta de resignación, sustituyendo el muy cotizado jamón, a diestro y siniestro. Es por ello que cuando uno se topa con tramas de corruptelas como las de Valencia, a nadie le sorprende, no el hecho en sí mismo, que durará lo que dure la atención mediática, que en el lugar donde está el epicentro del escándalo, el partido implicado esté manteniendo (e incluso subiendo) en intención de voto. En una lectura averiada o defectuosa de los principios políticos del maquiavelismo, aquello de que no se puede ir a un pueblo a decirle que haga algo por la fuerza porque hará lo contrario, los valencianos (encuesta en mano) pasan del tema y apoyan a su Presidente.

Por supuesto, y hasta que se demuestre lo contrario en sede judicial (expresión manida de tertulias radiofónicas), el Presidente valenciano no tiene motivo alguno para perder el apoyo popular. La corrupción se limita a los hechos periodísticos que se filtran o desgajan de un sumario. Otra cosa es que terminen siendo hechos probados y pase la cuestión a dirimirse en años de pena. Pero mientras tanto, y siempre en líneas generales, la Comunidad Valenciana está de lo más clamada. Sí. Mucho follón mediático. Si dimite Costa, si Rajoy no manda, que si se emplea la Fiscalía como una sucursal de Ferraz… y el pueblo calla (o murmura). Respecto a este silencio, sólo roto por algunas minorías que salen a increpar a Camps en los actos donde acude, existe una interpretación posible, en mi opinión, que hace que este caso sea arquetípico de la cultura política española.

En primer lugar el propio sentimiento de resignación. Fruto de la educación católica que nos impregna de todo tipo de valores y principios (en positivo) y de prejuicios y superchería (en negativo), encontramos una España adocenada. La resignación como modelo de conducta es algo tan antiguo y visto tan positivamente por muchos, que al final uno termina por creérselo. Aceptar lo que nos toca sin posibilidad de remisión o cambio. Si nos roban nuestros representantes públicos/políticos será que los merecemos. ¿Cuántas veces han escuchado ustedes esta frase? Un montón supongo. Y eso generación tras generación, mereciéndonos los políticos que teníamos. Una suerte de difícil disfrute. Y además de carácter permanente, puesto que tenemos que conformarnos con ello.

No sé si fue primero el huevo o la gallina. O hacia qué lado del tejado cayó el huevo que puso el gallo. Ni idea… es decir, no sé si fue primero el pueblo un corrupto y ahí pasó a los políticos o si la corrupción de los políticos fue la que llegó al pueblo. Complicado decidirse. Pero lo cierto es que un Estado intrincado en una elite de mínima renovación centenaria, llena de pactos en la cúpula del mismo para mantenerse (algo de lo que saben especialmente los borbones), un país que nunca terminaba de avanzar… es de una enorme utilidad tener una religión que te enseña, moral mediante, a aceptar tu miserable destino. Y con esto no quiero decir que en otros países no católicos no suceda algo parecido. Sin duda, sí. Todos los Estados tienden a crear unas estructuras permanentes de propaganda y estereotipos que les ayude a su mantenimiento.

Siguiendo con la lógica, una vez que tenemos el pueblo adocenado, llega la necesidad de hacerlo cómplice. No basta con que acepte su destino, y no se sorprenda de las cosas que ve, sino que debe verlo con toda naturalidad. Me explico. Si la corrupción desciende a los ciudadanos, de un modo tan natural que no sorprenda, éstos empezarán a caer en sus propias corrupciones. Así, se sabe y se comenta que fulano ha enchufado a su hijo en tal sitio o que mengano hizo tal trampa en Hacienda para pagar menos. Pequeñas corrupciones que terminan haciéndote tan cómplice que algunos piensan que de estar en el lugar del político también pillarían la pasta que pudieran. De este modo no nos llama la atención frases como todos roban. Efectivamente, todos lo hacen.

Una aplicación práctica de esta lógica sería, por ejemplo, un ayuntamiento costero. Llega un nuevo alcalde y crea su propia red de corrupción. Algo de lo más sencillo. Como hay costa, se pone a especular: licencias millonarias, comisiones por todas partes, destrucción el medio ambiente pasado por alto, etc. De este negocio ya pillan muchos. El pueblo pone los trabajadores y el empelo crece. Mejora las condiciones de vida de unos cuantos. Además vendrá turismo, con lo que los del sector también ganarán. Más en el saldo positivo. ¿Qué hacemos con el resto? Fácil, como entra mucha pasta al ayuntamiento, se crean un montón de empresas públicas en las que pueda trabajar hasta el más tonto del pueblo (siempre que tenga una recomendación claro), y para los que no entren, se crean puestos de funcionarios, eso sí, de libre designación la mayoría para que dependan del que gobierna. Una corrupción de la que todos son cómplices y de la que todos participan, cada cuatro años votando, y cada mes ingresando en la cuenta del banco. Y de esta manera se explican, en pequeña escala, porque los alcaldes corruptos son vitoreados cuando son conducidos por la Guardia Civil o porque a nadie se le cae la cara de vergüenza cuando le pillan con la mano en el cajón.

Naturalmente hay islas en todo esto. Gente que no participa y se enfrenta a la corriente. Pero el mal es endémico en España, y en este sentido, han existido serios intentos de acabar con esto. Muchas de las revoluciones y/o golpes de Estado de los militares pusieron en funcionamiento ingenierías políticas tremendamente avanzadas que atacaban la raíz del problema y que, sin embargo, encontraban un pueblo analfabeto, pobre, agrícola, supersticioso… un terreno donde nada medianamente moderno podía crecer. ¿Cómo iba a triunfar en una sociedad tan atrasada conceptos como lo político o lo público? Algo de lo que sí se dio cuenta la II República en su esfuerzo pedagógico, intentando educar al pueblo en una serie de valores que su constitución contenía y que nunca terminó de aplicarse.

Curiosamente, la única sociedad en España lo suficientemente avanzada, en términos estructurales, que no en cultura política, como para poner a funcionar un sistema democrático en sentido moderno, era la sociedad de finales del franquismo. Sin embargo, y con un pueblo capaz de soportar un nuevo modelo, carecía del impulso cultural necesario para desprenderse de su habitual papel de rinconera, en el que el pueblo espera que otros que saben más que él decidan qué se debe hacer. Y así tuvimos una Transición hecha por las elites para las elites que consagró el modelo político tradicional de España con una enorme efectividad, pues a día de hoy, con una sociedad mucho más evolucionada, seguimos condenándonos a resignarnos por lo que nos toca. Eso sí, con una halo de esperanza, como la señora de la postal, que busca en la Lotería una salida a sus problemas… algún ente superior nos salvará.

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09 octubre, 2009
El desdoblamiento del Presidente
Sin duda, uno de los premios más curioso de los que se han concedido últimamente fue el Príncipe de Asturias, en su categoría deportiva, a un Fernando Alonso que, por aquel entonces, no había ganado aún su primer mundial en la F1. Una especie de premonición. Una recompensa a algo que todavía no había sucedido para darse publicidad y pompa a unos premios que en realidad no cuentan con el prestigio que dicen tener. Aún así, fácilmente explicable, pues uno de los patrocinadores de estos premios es el mismo que en ese momento publicitaba el piloto, lo que llevó a una regla de tres de lo más sencilla.

Mucho más difícil de explicar es el caso de Obama como vencedor del Premio Nobel de la Paz. No sólo por la categoría, pues no olvidemos que es el Comandante en Jefe de un ejército que está en guerra en varios puntos del planeta y que ya ha dado órdenes en operaciones que han costado vidas. En realidad lo decimos porque por mucho que nos podamos esforzar, no vamos a ver la mano de Telefónica promoviendo la concesión del premio. Aunque tampoco vamos a ser demasiado cándidos, pues existen un número no muy escaso de lobbys a los que puedes contratar para que te muevan tu candidatura y a nadie se lo dan por casualidad. Por tanto, cada uno que lo vea como quiera en este extremo. Pero el caso es que, con intervención o sin ella, a Obama le han reconocido la labor simbólica que está realizando en la política mundial (o eso dicen). Sin haber cumplido el primer año de legislatura y sin un primer éxito político presentable (más allá del suyo personal), el Presidente estadounidense recibe el espaldarazo de la presuntamente prestigiosa Academia sueca (repasen la lista de premiados y nominados en la categoría “Paz” y asústense). Un reconocimiento que debe ir por adelantado. Suponemos.

Este premio, que tiene el prestigio que cada uno quiera reconocerle, no ha quedado exento de polémica, pues son muchos los que ven precipitado concedérselo a un hombre que acaba de empezar a gobernar y del que, discursos aparte, todavía no sabemos casi nada. Más si cabe si el reconocimiento no tiene un propósito de enmienda o de obediencia debida a la conducta del premiado. Es decir, ese sentimiento de culpabilidad tan cristiano (católico). Si el premio fuese como una especie de comunión, que después de ser recibida, obligase al buen cristiano a ser mejor persona y no pecar, esto del Nobel de la Paz sería el no va más. Se lo concedes a un hombre bueno como Obama, que acaba de llegar a la Presidencia y ya con esto le limitas el tipo de medidas que puede tomar durante su gestión. “¿Guerra a la vista? No, que tengo el Nobel de la Paz. Busquemos una solución pacífica.” “¿Mandar a la CIA a un país emergente para que monte una revuelta que derroque a un Gobierno no favorable? No, claro que no. Que en la Academia sueca confían en mi”. Una cosa así. Sería estupendo. Pero lo cierto es que este premio es más parecido a un Oscar que a una prueba del algodón de lo bueno que es el premiado. Vamos, que te pueden conceder el Oscar por el papel de tu vida, pero eso no quiere decir que la siguiente interpretación que hagas sea lamentable.

Recuerdo, por ejemplo, la concesión del premio en el año 1994 a Arafat, Peres y Rabin (esta era fácil pues es la más sonada de los últimos tiempos) por las conversaciones de paz en el conflicto palestino-israelí. Al margen del historial de los premiados, lo realmente curioso es lo poco que les duró la paz y las ganas de buscarla. Y es ahí donde mas me falla la Academia sueca. Pues lo normal sería que no haciendo las cosas bien, reclamasen la devolución del premio y la caída al infierno de los premiados irrespetuosos con su distinción al pacifismo.

En cualquier caso, e independientemente de los premios, lo realmente preocupante, en lo relativo a la omnipresencia de Obama en la vida del planeta, es la similitud que está adquiriendo con una estrella de rock al que todo el mundo quiere tener en su fiesta. Evidentemente no es nada nuevo. Pues desde el inicio de su carrera presidencial parecía más un famoso de Hollywood que un candidato a la Presidencia. Sin embargo, pasadas las elecciones e instalado en la Casa Blanca parecía que se dedicaría a la política en el sentido más pragmático. Sin olvidarse de la mercadotecnia y el empleo de todas las herramientas del marketing que pudieran ayudarle, pero si centrado en los desafíos con los que se iba a encontrar al llegar al poder (y que no son pocos). Algo que no está sucediendo. No al menos como les gustaría a los estadounidenses pues, pese a la bondad con la que se le mira desde el exterior de su país, y filtrando las patrañas que la extrema derecha estadounidense está soltando sobre él, empiezan a preguntarse a qué dedica el tiempo su Presidente. Su presencia es sólida, gusta y hasta enamora. Sin embargo, su presencia no soluciona problemas. Ninguno hasta la fecha. Al menos ninguno de importancia. La prensa de su país, de la seria, ante el viaje de Obama para apoyar la candidatura de Chicago a los Juegos Olímpicos de 2016 afirmaba: “El Presidente Obama una vez más va donde hay problemas y una vez más no solucionará nada”.

Esto no quiere decir que no esté trabajando para solucionar los problemas de EEUU. Algunos de ellos no se solucionan en un mes sino que requieren un recorrido mucho más amplio. Pero si está produciendo, poco a poco, un desdoblamiento de Obama en dos figuras cada vez más diferenciadas. Por un lado tenemos el Obama que es invitado a todas las cumbres, premios, actos de constricción, etc. y que pronuncia discursos emotivos, llenos de buenas palabras y esperanzas. Un Obama casi místico. Y por otro lado tenemos un Presidente poco operativo al que le está costando ocupar un lugar político dentro del sistema que le permita articular todas esas buenas intenciones en hechos perceptibles para todos. Pero que los muy fans no se preocupen de momento, pues parece que la imagen sigue sin mácula. Obama como político es una promesa por cumplir que encuentra su mejor campo de acción en la complicidad de una prensa que le adora, le quiere y le permite todo tipo de excesos. Hasta tal punto que puede contagiar a los rancios miembros del COI que hacen cola por saludarse y hacerse una foto con él (algo que parece Camps también querría), la Academia sueca (que también quiere su discurso y foto) y hasta seguro el mismísimo Real Madrid, que ya me está faltando una invitación para ir al palco del Bernabeú.

Pero cuidado con esto, que el día menos pensado se resbala del pedestal y se convierte en una nueva víctima de el síndrome de Ottinger.

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28 septiembre, 2009
El diafragma estuvo allí, y se abrió
Cuando uno se sienta a escribir para un blog como este, presuntamente pegado a la actualidad, en muchas ocasiones, por las ocupaciones del día a día, esa actualidad se pasa y parece que la oportunidad de comentar algo ya ha pasado. Este era el caso del último asunto de Estado: la foto de las hijas de Rodríguez Zapatero. Después de un periplo por Málaga, congreso de Ciencia Política incluido, parecía que la oportunidad de hablar sobre el pollo montado a costa de la fotogenia de las hijas de Zapatero había pasado. Sin embargo, y casi sorpresivamente en un país con millones de parados, subida de impuestos, principal partido de la oposición con múltiples casos de corrupción, un Raúl que sigue sin ser convocado a la selección… el tema de más importancia mediática sigue siendo la dichosa foto. Una miseria intelectual más, aunque se agradece que este asunto desplazase a la guerra del estercolero con patas, más conocido como Belén Esteban, con el Defensor del Menor de la Comunidad de Madrid.

El centro de la polémica no es nuevo. Los políticos tienen familia y nunca ha estado muy claro si deben o no salir en la prensa, hasta dónde tienen la culpa los hijos de que sus padres o madres tengan una profesión pública. Casi siempre, en la mayoría de los casos, no sólo con los menores que pudieran tener a su cargo los políticos, sino con ellos mismos, sus respectivos cónyuges y sus posibles amantes, nunca se ha dicho lo más mínimo en la prensa. Poco o nada de sabe de la vida privada de los políticos. Algún divorcio o boda, algún nacimiento de hijo o nieto y cuestiones más o menos relativas. Pero no han salido nunca titulares de un Presidente del Gobierno que mientras está en el cargo su esposa y él hacen vidas separadas y se divorcian al poco de dejar la política, por ejemplo. Y mira que hubiese sido jugoso el asunto. O un reportaje fotográfico de cómo un regidor de una bonita ciudad deja a su mujer en casa tras un acto oficial y se va a buscar a la amante seguidamente. Otra exclusiva que se escapa. Por no hablar del juego que podrían dar otras figuras del Estado que no tienen ninguna necesidad de ganarse el pan con el sudor de su frente.

Tantos en unos casos como en otros, parece que hay un acuerdo más o menos tácito con la prensa, roto en pocas ocasiones, de no comentar la vida privada de los políticos. Así, de este modo, quedan al margen de las temidas tertulias del corazón. Que de política no saben, pero de dar por culo… un rato largo. Eso sí, siempre que los políticos no necesiten a la prensa del corazón para proyectar algún tipo de imagen sobre sus públicos objetivos. Algo que inició en su momento un Adolfo Suárez que muchos no conocían, o que no tenían claro su modelo de continuidad, y que concedió un reportaje, junto a toda su familia, a una revista del corazón para ser publicado en el momento previo a las primeras elecciones democráticas. Toda una jugada. Las mujeres, mayoritarias lectoras del folletín rosa, pudieron ver lo guapo que era Suárez (más aún si desconocían quién era) y que defendía un modelo de familia como el suyo. Una práctica que ha venido siendo habitual en otros políticos. Unas veces con la familia y otras en plan montañero aventurero de la vida.

Pero al margen de este empleo descarado de las plataformas del fácil sentimiento, la polémica siempre ha venido por las cosas que se pueden o no sacar en los medios fuera de lo que quieren enseñar. Y llegados a este punto, y tomando partido en el asunto central de esta entrada, creo que sí deben salir los hijos de los políticos si forman parte de actos públicos. Recuerdo, como caso más paradigmático, la boda de Ana Aznar. La hija del entonces Presidente que decidió celebrar su enlace matrimonial (link conyugal que dirían los modernos) en el Monasterio de El Escorial con tropecientos invitados, entre los que había que incluir algún Jefe de Estado y de Gobierno. Una apoteosis ceremonial que levantó, como es lógico, una expectación mediática que le costó al Estado un dinerito. En suma, un follón que provocó que todo el mundo opinase, criticase y hasta parodiase en obra de teatro. Que tendría gracia que las tímidas quejas de Moncloa, en aquella ocasión, hubiesen pasado a mayores.

Pero claro, aquí podemos decir que con el monumental pastel que se montó Moncloa para la boda pseudoreal todo estaba justificado. Bien, de acuerdo. Pero sigamos con la argumentación. A mi me importa más bien poco que la hija de Aznar se case o no, sea en El Escorial o en la parroquia de mi barrio, lo celebre en los salones del Pardo o en un bar de carretera. Lo que me importa es si un acto privado se hace como público y le cuesta dinero al Estado. En ese caso, todos los contribuyentes no sólo tenemos derecho a opinar, sino que deberíamos tenerlo de decidir si transigimos o no. Este es el caso de las hijas de Zapatero. Aquí no se trata de una cuestión relativa a la protección de los menores (la ley con el sombreado en las caras se cumple sobradamente), sino de cómo participan en la actividad pública de su padre. En una visita oficial a Estados Unidos (esto no ha sido ni un acto privado) han decidido participar en la recepción con la que el Presidente Obama agasajaba a Zapatero, que representaba a España. Y como parte de esa recepción el anfitrión, qué cosas, recibe al invitado. Y se hacen una foto. No por reírse de los invitados. No. Ya les digo yo que no. Sino porque es un acto público del Presidente de los Estados Unidos y se informa del mismo a los medios de comunicación. La fotografía tiene un carácter meramente informativo de un encuentro entre dos Presidentes y sus familias. Sin embargo, al solicitar la retirada de las fotos se monta un pollo que no debería haberse producido nunca.

Este pollo, el de la retirada de la foto y si debe o no publicarse, al final parece que no se circunscribe a la protección de las menores sino, lamentablemente, al atuendo que llevaban las dos hijas de Zapatero. Respecto a lo primero, insistir en que si uno va a un plató a ponerse delante de las cámaras, lo normal es que salga por televisión. Y los actos oficiales, y más en Estados Unidos, son un enorme plató de televisión donde todo se registra para su posterior explotación mediática. Mucho más si se aprovecha un viaje de tu padre para conocer al hombre más importante (y de moda) del planeta, Barack Obama. Un encuentro planetario. Pero el cinismo es tal, que se monta un pollo por la foto de marras, pero nadie se pregunta si esas niñas, en edad escolar, han perdido clases para ir a Nueva York a conocer al hombre que pasará a la posteridad como el primer Presidente negro de los Estados Unidos. Argumento que si debería plantear en más de un debate sobre qué papel juegan las niñas y el papel de los padres en todo esto.

Y en segundo lugar, en lo relativo al atuendo, cuando uno quiere tapar algo, no debe decir que lo está tapando. Yo no digo que Zapatero se avergüence de sus hijas por su manera de vestir. Ni mucho menos. La petición de retirada sólo trataba de proteger su derecho a la intimidad, pero no sólo no lo ha conseguido sino que los fotomontajes circulan libremente por la red, haciendo mofa de las menores (algo que seguramente sea delito) por ir vestidas con las características ropas de una tribu urbana muy concreta. Por tanto, la intención de proteger ha terminado causando que todo el mundo, medios internacionales incluidos, estén juzgando el asunto y centralizando la cuestión en las apariencia de las dos hijas. Cosa un tanto lamentable pero que entra dentro de la lógica de negocio de este tipo de acontecimientos. ¡Zapatero se avergüenza de sus hijas! Es el único titular que nos ha faltado. No me digan que no.

Cualquiera que sea el grado de parentesco con un político, si sales en un acto público lo normal es que te cacen en al menos una fotografía que dé constancia de tu presencia. Por tanto, si Zapatero quería que sus hijas conociesen a Obama y que nadie sacase fotos de las niñas, debió organizar una visita privada como hacen muchos otros mandatarios. ¿Acaso alguien sabe en qué colegio estudian las hijas de Zapatero? ¿Alguien ha publicado una foto de alguna de ellas por la calle con su grupo de amigos? Y un largo etc. No. Nadie publica nada de eso porque son actos privados. Del mismo modo que no lo vimos de los hijos de Aznar, de González o Suárez (y de Sotelo, que nunca le nombramos). Por tanto, el cinismo con el que actúa Zapatero también es meritorio. Puede que ahora se arrepienta que sus hijas salgan en los medios. Pero no se arrepiente de endosarle al Estado el viaje y manutención de las niñas. Así que sí a las fotos en actos públicos. Y quien no quiera salir, que no vaya.

[Tanto hablar de la foto y no está colgada en la entrada… vaya mierda de información se da en este blog.]

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07 septiembre, 2009
Barack, el Rojo
Una de las creaciones políticas de las que más orgullosos se pueden sentir los europeos es del Estado del Bienestar. Este nuevo concepto de Estado que revolucionó el continente décadas atrás, ha dado a los europeos una cierta prosperidad que ha permitido mirar por encima del hombro al resto del mundo. No es que no tenga fallos, no es que esté en claro retroceso y no es que sea más un mito que una realidad, pero es lo que tenemos y nos deja resueltas cuestiones como la sanidad o la educación. Una serie de derechos que se encuentran tan asumidos que se dan como naturales, olvidando el proceso de conquista y, quizás, perdiendo cierto sentimiento de propiedad para que no nos duela cuando nos los quitan o recortan.

En estos últimos tiempos se ha puesto muy de moda algunas de las secciones del Estado del Bienestar. Especialmente en los Estados Unidos, donde Barack Obama desea poner en funcionamiento un sistema que garantice la asistencia sanitaria gratuita a todos los ciudadanos estadounidenses. Algo no exento de polémica, y no sólo por la cuestión relativa al desembolso, y es que en los Estados Unidos, el concepto de Sanidad Pública es algo que se escapa como el agua de mar que se coge con las manos. No podemos pasar por alto que los Estados Unidos parten de una tabla casi rasa en su fundación. Sin la herencia de la evolución europea, los principios del liberalismo fueron la base ideológica que sirvió de plataforma para su posterior independencia. Una nación consagrada a un liberalismo que ni tenía deudas del pasado ni compromisos con el futuro, por lo que pudo desarrollarse como mejor quiso.

Por supuesto, en una sociedad en la que el éxito se mide por el triunfo ante la competencia, el individuo triunfa por encima de todo. Un individuo que debe triunfar si sabe adaptarse a su entorno y comprender las claves que le llevarán a la supervivencia. En caso contrario, fracasará. Y fracasará él, en solitario. Y como se trata de un fracaso individual, ni que decir tiene que es responsabilidad de sí mismo salir de esa situación. El Estado, ese concepto que continuó su desarrollo en Europa, quedó anclado en los más puros principios del liberalismo, negando cualquier papel asistencial más allá de sus funciones clásicas. El Estado no tiene un carácter asistencial más allá de ligeros maquillajes y, garantizada la seguridad de sus ciudadanos, poco más puede hacer por ellos. Quizás por esto, y en esta sociedad consolidada, resulte tan extraño para los estadounidenses conceptos como el de Seguridad Social. ¿Cómo? ¿El Estado además de garantizar que salga agua de los grifos puede hacer otras cosas? Difícil explicarle a un estadounidense que además de la luz o el agua, la defensa de sus ciudadanos, o la garantía del cumpliendo de una serie de normas, el Estado también se puede encargar de que las embarazadas den a luz con las adecuadas condiciones higiénico-sanitarias, que si una persona se queda en el paro le concedan un subsidio y le busquen un nuevo empleo, o que exista un red de universidades públicas que formen a las nuevas elites que quedarán al frente del país en la próxima generación.

Por tanto, conceptos como el de una sanidad pública y universal son del todo imposibles para la inmensa mayoría de los estadounidenses. Simplemente no manejan conceptos parecidos ni similares a los que aproximarse. Una falta que la dialéctica política encuentra en la explicación de este tipo de proyectos. Al fin y al cabo no es la primera vez que se intenta, en los Estados Unidos, la creación de una cobertura sanitaria. Y no sería la primera vez que fracasaría. Y es que el rechazo de los estadounidenses a la extensión de un sistema de salud público, sigue una explicación medianamente lógica. Además del peso de su propia historia, deben entenderse varias claves. La primera de ellas es la presión que ejercen aquellos que viven del negocio. En un país en el que el entramado de intereses económicos es tan poco claro que las cadenas de televisión pueden estar participadas por empresas que tienen intereses en el negocio de los seguros, o un político puede poseer una parte importante de una farmacéutica, no es de extrañar que los medios de comunicación, especialmente los conservadores como la FOX, hayan iniciado una cruzada contra el Presidente Obama por su deseo de cumplir con su promesa de dar cobertura sanitaria a todos los estadounidenses. Una ofensiva que está dañando gravemente la imagen del Presidente y que se apoya en algunos de los grandes clásicos de la historia de los Estados Unidos: Obama es socialista. Casi nada.

Esto, como es lógico, puede sonar un tanto ridículo a los europeos. Del mismo modo en el que nos puede llenar de incredulidad que la propia población se oponga a la extensión de un sistema sanitario que asegura la atención a todos los ciudadanos. Pero es que se combina otro elemento más con su falta conceptual, y es la nula predisposición a soltar un dólar para financiar nada. En primer lugar porque estamos en crisis, y es lógico que un aumento de la carga impositiva se vea con malos ojos. Más incertidumbre, sueldos bajos y encima más impuestos. Ecuación del mal resultado. Y a esto le añadimos que la mayoría ya paga unos carísimos seguros que no cubren casi nada y que te dejan en la cuneta a la primera urgencia seria. Por tanto, tenemos unos ciudadanos que no saben en qué consiste este tipo de prestaciones y que encima ya paga un montón por algo parecido y de lo que no saca nada. Es decir, reticencias y más reticencias. Porque se les pide que paguen, menos dinero eso sí, por algo parecido a lo que ya tienen pero no disfrutan, lo que únicamente puede traer oposición.

A Obama le ha fallado algo fundamental, y no es otra cosa que su empuje popular. Si bien es cierto que ha capitalizado de un modo extraordinario una marea ciudadana a favor de su “cambio”, esta multitud no se está haciendo notar en proyectos como este que presenta. Uno de los motivos principales es evidente, la falta de apoyo de los medios de comunicación. Si ya a Hillary le costó casi perder la Presidencia (todos sabemos que la que mandaba era ella), acusándola de ser una de las pocas supervivientes de los juicios de Salem, Obama no va a salir de rositas, aunque puede que sí con una importante contribución de las aseguradoras a su campaña, como le pasó a Clinton, que nunca más retomó el asunto. Con los medios en contra, y golpeando donde más le duele, en el hipotético importante porcentaje del sueldo que la Administración Obama le va a quitar a los estadounidenses para crea una sanidad a lo Unión Soviética. Y ya se sabe, se empieza por copiar este tipo de cosas y al final se le cambia el nombre al Apollo por el Spunik, se sustituye la cerveza por vodka y en lugar de pasear miles de irlandeses borrachos por la Quinta Avenida en el día de San Patricio, se hará desfilar un sin fin de tanques con milimétrica precisión.

A nadie se le puede escapar, en términos de propaganda al menos no, que te llamen socialista en un país como Estados Unidos es poco menos que pedir en juicio por alta traición al Estado. Porque por mucho que la Unión Soviética y la Guerra Fría terminases décadas atrás, casi cuarenta años del eslogan “el enemigo rojo acecha”, son demasiados como para haberlos despejado de lo más profundo de la conciencia ciudadana. Y como no hay campaña sin refuerzo, ni control ideológico (y para las nuevas generaciones que no han conocido la Guerra Fría), se mezcla lo viejo y lo nuevo (si buscamos algo azul nos sale la novia camino del altar) y se recupera la gran aportación de la Administración Bush a la guerra psicológica: el terror musulmán. Sí, vuelven las voces que dicen que Obama es un musulmán encubierto que quiere hundir a los Estados Unidos. “Rojo y moro”. Casi nada. Con la imagen del pasado de los malos comunistas envidiando al mejor país que Dios había creado en la Tierra, y con la actualizada perversión del musulmán que puede explotarse en un autobús camino de una visita turística al Lincoln Memorial.

Por supuesto, ni Obama es un rojo peligroso, ni un musulmán con cinturón de dinamita. Respecto a lo segundo, y con más de un disgusto a lo largo de la campaña electoral, el Presidente Obama negó ser musulmán a pesar de haber crecido en un país con mayoría de esta religión, por lo que esta cuestión ya debería haber pasado a la historia si no fuese por polémicas como esta. Pero si puede tener cierta gracia, cierta gracia patética, lo de Obama musulmán irredente, más la tiene un Obama sociata. Y es curioso por lo exótico, y es que en los Estados Unidos no quedan rojos en libertad. Creo recordar que lo contaba en este blog, o puede que en otros papeles, que cuando los EEUU empezaron su campaña propagandística para que los estadounidenses vieran con buenos ojos su entrada en la Primera Guerra Mundial y contribuyesen adecuadamente, hicieron empeño en eliminar cualquier resistencia que pudieran encontrar. Aunque ya había alguna medida anterior, es en ese momento cuando los sindicatos llaman a la desobediencia a sus compañeros, invitándoles a no participar en una guerra en la que nada se les había perdido. Unas acciones que estaban acompañadas por las noticias que iban llegando desde Rusia, por lo que se decidió a dictar las primeras leyes para perseguir a todos estos sindicalistas que actuaban contra los intereses del Estado.

Fue precisamente este cuerpo jurídico el que dio soporte para que la propaganda anticomunista, que todavía tardaría en llegar a su máximo exponente y que tan profundamente caló en los estadounidenses, se desarrollara. Si uno se acostumbra a que un sindicalista le metan en la cárcel por actuar de una manera determinada, poco le puede sorprender que se estén persiguiendo a los malos comunistas que no desean otra cosa que acabar con el estilo de vida americano. Y ante la amenaza se justicia casi cualquier cosa, incluso la Patriot Act.

No obstante, el camino emprendido por Obama no es un camino que carezca de punto de inflexión. Acelerado para ser incluido en la primera etapa de la Legislatura, para evitar males mayores en un momento más próximo a las elecciones, Obama ha perdido de vista el principal trabajo que deben acometer aquellos que quieren liderar una revolución (no militar o que no acabe con un régimen militar), y este no es otro que la didáctica. Un ejercicio educativo dirigido a las masas y en el que debe explicarse en qué consiste eso de la salud pública, que derechos dará, cuántos podrán utilizar, en qué consiste eso del bienestar… Quizás de este modo pueda explicar qué es un socialista y lo que no es un socialista. Para Obama es imprescindible realizar este ejercicio de didáctica con la población, pues de otra manera nadie podrá triunfar en la batalla que ha sido reabierta. Por supuesto, los estereotipos y modos de vida anclados en los estadounidenses no desaparecerán en un par de años. Y es precisamente donde se verá la talla que calza Obama como Presidente. Veremos si es capaz de realizar este esfuerzo, aún sabiendo que muy probablemente nunca obtendrá una respuesta positiva a gran escala, pero que puede ser continuado y de esta manera, en el mejor de los casos, en la próxima década, encontrar el clima adecuado para implantar un sistema sanitario gratuito o pseudogratuito en los Estados Unidos.

[Ilustración Political Graffiti]

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01 septiembre, 2009
Setenta años del inicio de la Segunda Guerra Mundial

[…] Con un sentimiento de furia, aversión y temor se puso a disparar con el fusil en dirección a los fogonazos que centelleaban en la oscuridad, contra aquellas sombras rápidas que reptaban por las laderas del barranco. A algunas decenas de metros los alemanes aparecieron en la cima del barranco. Un estruendo reiterado de granadas de mano sacudía la tierra y el aire. El grupo de asalto alemán se esforzaba por abrirse paso hasta la entrada del túnel.

Las sombras humanas, los fogonazos de los disparos que refulgían en la niebla, los gritos y gemidos que se apagaban y encendían se asemejaban a un enorme caldero negro en ebullición, y Krímov se sumergió en cuerpo y alma en aquel borboteo hirviente, y ya no pudo pensar ni sentir como pensaba y sentía antes. A veces creía que dominaba el movimiento del torbellino que se había apoderado de él, pero otras le invadía la angustia de la muerte, y tenía la sensación de que una oscuridad alquitranada se le derramaba en los ojos y le penetraba en los orificios nasales, y le faltaba aire para respirar, y no había cielo estrellado encima de su cabeza, sólo la negrura, el barranco y unas criaturas terribles que hacían crujir la maleza.

Parecía imposible comprender lo que estaba pasando y al mismo tiempo en él se reforzaba un sentimiento diáfano, claro como la luz del día, que lo vinculaba con aquellos hombres que trepaban por la pendiente, el sentimiento de su propia fuerza unida a la de los compañeros que disparaban a su lado, un sensación de alegría por que en algún lugar, cerca de él, se encontraba Rodímtsev.

Aquella sensación sorprendente descubierta en una noche de batalla, donde a tres pasos no se distinguía quién estaba a tu lado, si un amigo o un enemigo dispuesto a fulminarte, se mezclaba con otra, no menos sorprendente e inexplicable, ligada a la marcha general del combate; una sensación que daba la posibilidad a los soldados de juzgar la verdadera proporción de fuerzas en una batalla, adivinar el desenlace de un combate.

En ese momento decisivo de la batalla —claro para aquellos que lo viven; misterioso e inexplicable para los que tratan de adivinarlo y comprenderlo desde fuera— se produce un cambio de percepción: el intrépido e inteligente «nosotros» se transforma en un tímido y frágil «yo», mientras el desventurado adversario, que se percibía como una única presa de caza, se convierte en un compacto, temible y amenazador «ellos». […]


Vida y destino”, Vasili Grossman

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28 agosto, 2009
Globaliza, pero lejos de casa
La globalización es un fenómeno impulsado por las multinacionales. Algo evidente y absolutamente predecible dentro de lo que puede considerarse su lógica de negocio. Un negocio que trata de producir más barato en cualquier parte del mundo y vender en un mercado cada vez más grande. Más beneficios, mínima inversión en producción, que no en publicidad. El caso es que esta lógica a veces es perversa para las propias multinacionales, y lo es cuando los consumidores descubren trucos para aprovecharse del sistema creado.

Sin duda, dos de las compañías que más han hecho por esto de la globalización del mercado (y cultural) han sido McDonald's y Coca-Cola. En el caso del restaurante de comida rápida es indiscutible su éxito, llegando a colocar uno de sus establecimientos, tan típicos del capitalismo americano, en el corazón de Rusia. La bebida, por su parte, que podría haberse visto obligada a compartir parte de su gloria con su máxima competidora (en Estados Unidos se consume más Pepsi), se lanzó a la conquista del mundo en edad tan temprana que cuando llegó la globalización podían dar un master de cómo se hacía. Tal es el éxito que el producto se consume en más de 200 países.

No obstante, pese a este perfeccionamiento del engranaje de producción, publicidad y venta por todo el mundo, Coca-Cola España ha decidido bajarse del carro. Nuestro país, el tercer mayor consumidor del planeta de este producto (por habitante), ha lanzado una nueva campaña de publicidad para luchar contra la globalización. Fruto de la misma, muchas distribuidoras (y bares) aumentan su margen de ganancia trayendo las botellas de fábricas situadas en Europa del Este. Sí, así es. No sólo los coches, muebles o ropa se fabrican con un menor coste de producción en estos países. También la Coca-Cola, y aunque parezca increíble, en España se está vendiendo, en muchos establecimientos, la producción de estos países. En lo que debería venir precedido por un redoble de tambores, la globalización ha alejado la producción al lugar en el que sale más barato, se ha aprovechado de la eliminación de las barreras en un mercado común como el europeo en el que las mercancías circulan libremente, se sirve de la publicidad de la marca matriz y coloca el producto eliminando a su competencia, que en este caso no es otro producto sino el mismo, sólo que producido por otros.

Es por ello que, y ante la amenaza de una disminución de la venta del producto nacional, lo que conllevaría una bajada de beneficios y un despido masivo en las fábricas españolas, Coca Cola España ha reaccionado y contratado a la agencia Sra. Rushmore para lanzar este anuncio en el que se invita a los consumidores a mirar en la tapita de la botella para ver la procedencia del producto. Por supuesto, no se puede recurrir a un ¡sálvame! y se propone, como motivo de este reclamo patrio, un menor daño al medioambiente al recorrer la distribución menos kilómetros.

El nacionalismo ha llegado a nuestros refrescos por la vía de la economía de supervivencia. Y es que el capitalismo vive una época extraña emulando a un Saturno que devora a sus hijos para sobrevivirse una vez más.



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12 julio, 2009
La fortuna china y el niño de la pupa
Antes de los Juegos Olímpico de Pekín, fueron cientos de miles los ciudadanos que se manifestaron a lo largo y ancho del planeta en protesta contra la represión que el Gobierno chino estaba ejerciendo contra los tibetanos. Una represión que causó más de una muerte y que acabó como suelen acabar estas cosas: en nada. Porque los Juegos arrancaron, las naciones del mundo miraron para otro lado al tiempo en el que reconocían el esfuerzo chino por abrirse al exterior, y todos pensaron en lo importante que es ese mercado y lo baratito que fabrican. Así, recogiendo el guante económico, se pasó la página y a otra cosa mariposa.

El fenómeno tibetano, el de las protestas y las adhesiones a su causa, es un ejemplo paradigmático de lo que una buena causa, porque lo es, puede hacer por aniquilarse y aniquilar a otras. En primer lugar porque para tener una cierta repercusión mediática no hay como llamar a unos cuantos famosos para que te apoyen. Y claro, nadie tiene más famosos por metro cuadrado que Hollywood. Un método tremendamente efectivo y que funciona en todos los países del mundo por igual, o han olvidado que en España se convocó en una gala de premios del cine español una manifestación un mes de febrero en la víspera del inicio de la Guerra de Irak y que tuvo un enorme éxito. Mucho más efectivo, en lo que respecta a la inversión de recursos, este método si lo comparamos a las clásicas movilizaciones propias del “estilo movimiento obrero” de toda la vida de Dios, y en el que había que dar mucha guerra para lograr una manifestación medio decente.

Tal fue la presión que ejerció Hollywood en la causa del Tibet, que se le dijo a Spielberg, el primer director encargado de dirigir la filmación de la ceremonia de inauguración de Pekin 2008, que sería la Riefenstahl del siglo XXI, en clara alusión las dos películas sobre los Juegos Olímpicos de Berlín 1936, “Olympia I y II”, que grabó la realizadora alemana (y que es la cosa más homoerótica que pudo verse en décadas). Finalmente, el director renunció al honor de pasar a la historia como el cinematógrafo de los chinos comunistas malos, y los grandes estudios lograron unos jugosos contratos de explotación de los medios en el mercado chino. Así, todo el mundo consiguió una parte del pastel.

Pero retornando al tema inicial, cuando se logra que los medios de comunicación dediquen ese pequeño espacio que reservan a noticias no deportivas, de sociedad o de sucesos, y lo dedican a estas cuestiones más humanitarias, se eliminan otras muchas. Es decir, que se fijen en la represión china en el Tibet provocó que la causa previa en la que había fijado su atención Hollywood, Darfur, pasase inadvertida (qué bonitos capítulos nos dedicaron en series como “Urgencias” al drama en Sudán). Y eso que el Gobierno chino es el protagonista de ambos. Pero en los titulares no caben demasiados datos. Y por eso, cuando el mundo proclamaba y de indignaba por la violencia ejercida contra los tibetanos, nadie se preguntaba cómo vivían los ciudadanos no tibetanos en China. Ni que decir tiene que nadie sabía qué era lo que pasaba en ese país con los musulmanes. Recuerdo caras de estupor: ¿musulmanes en China? Qué cosas! Pues eso, que la única represión religiosa en la China comunista parecía la tibetana.

Quizás por ello a día de hoy, cuando la actividad política ha dado un pequeño bajón, los medios se llenan de noticias internacionales. Por supuesto, nada tendría hueco al margen del perrito de Obama (o el Gadget que venda la Casa Blanca en este momento) y la gripe del cerdo que nos va a matar a todos, pero como la pandemia se ha retrasado un cuarto de hora nos hemos puesto en plan humanitario. Y preocupados por ello, nos fijamos en la represión China, que siempre da bien a cámara. Al fin y al cabo hay dos malos universales por excelencia, los nazis y los comunistas. Así, de pronto y casi sin avisar, nos enteramos que los musulmanes son represaliados, que hay colonos chinos que se dedican a perseguirlos y que, por supuesto, hay intereses económicos en forma de preciadas materias energéticas. Todo un descubrimiento que había pasado hasta ahora inadvertido.

Claro es que, en unos días, a no ser que se complique en exceso, todo habrá quedado olvidado en la pila de los periódicos viejos. Y es que el Islam no tiene un buen publicista que le haga una campaña de promoción como Alá manda. No veo a los famosos de Hollywood manifestándose por las pobres víctimas uigures de la región de Xinjiang. Que aunque tengan los ojos rasgados, si rezan mirando a la Meca, es que son moros malos. Una cosa imperdonable en la resaca la Ley Patriota. Esa que todavía nadie ha derogado y que sigue en pleno funcionamiento. Así, parecerá que a nadie, al margen de lo que duré el interés mediático, le molesta demasiado el asunto. Al fin y al cabo, se pueden contar por decenas los focos de conflictos a lo largo y ancho del planeta que están viviendo una situación similar por cuestiones religiosas, étnicas, políticas, relacionadas con los recursos energéticos, etc. y que no figuran en la portada de ningún diario desde que se pasaron sus cinco minutos de gloria, si es que pudieron gozar de ellos. Por eso, quizás, los uigures son del todo afortunados, no por los palos chinos claro, sino por salir en primer time.

Decíamos al principio que este mismo procedimiento de promoción de una causa, como el caso tibetano, hacia que se aniquilase. Es decir, el doble filo de la navaja tiene un mecanismo de autodestrucción de lo más efectivo. Pues no hay nada peor que el olvido mediático. Mantener una constante en la atención pública hacia un determinado asunto resulta casi tan complicado como que un pez memorice un determinado patrón de conducta (algo en lo que los japoneses han avanzado mucho). Los medios quieren noticias frescas, por lo que los promotores de estas causas deben buscar nuevas vías para seguir concienciando (y socializando) a los ciudadanos sobre sus intereses. Nada mejor que la televisión o el cine. El entretenimiento, el vehículo ideal para la publicidad de cualquier cosa. Una herramienta cuyo índice de penetración siempre es relativo (más bien escaso) en la mayoría de estudios pero que, sin embargo, nadie desprecia a la hora de someter a la mente de los espectadores a complejos procesos de interiorización de conceptos. Claro que antes de nada, es necesario contar con el favor de la industria. Una amalgama de intereses que casi nunca tiene claro que es lo que quiere enseñar, pero siempre tiene muy claro que es lo que no quiere enseñar (sobre todo a quien no molestar). Por lo que resulta complicado que este tipo de causas traspase los filtros de los estudios. Sólo se me ocurren algunos casos muy concretos y repetitivos.

Pasado el tiempo suficiente, en el que muchos famosos hacen gestos, en los que los deportistas enseñan señales secretas de protestas en caso de ganar una medalla, etc. la atención mediática se relaja y llega el olvido. No es que se haya solucionado satisfactoriamente nada, por supuesto que no, pero la hipermediatización es como el niño de la pupa.

Un niño se cae y llora. Se ha hecho una herida. Mientras llora la gente le presta atención. Cuando consiguen calmarle y deja de llorar desaparece la alarma. La gente piensa que ya se ha curado, aunque puede que su herida siga sangrando. Se olvida el asunto. Nada llama la atención de la gente.

Pues eso mismo. Cuando dejamos de escuchar noticias del Tibet, cae en el olvido la preocupación y tendemos a creer que ya no hay problema. De este modo, hace años que se solucionó el conflicto de Chechenia o, más recientemente, las revueltas en Irán (ejemplos dos de los muchos que podríamos citar). Por tanto, la construcción este tipo de problemas mediáticos tienen una duración menos prolongada que el problema real. Casi se podría decir que los uigures son afortunados de no recibir la suficiente atención mediática. Al menos así nadie creerá que ya se ha solucionado su problema.

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publicado por Øttinger a las 10:45 PM | Enlace permanente | 5 postilla (s)
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