La enseña que ven sobre estas líneas no es otra que la bandera de España que el bando nacional adoptó como propia durante la Guerra Civil. En un primer momento, el pronunciamiento de Franco y los nacionales hablaban del respeto de la legalidad republicana y la vuelta al orden anterior a los últimos años de la II República. Por ello, durante la contienda eliminaron el morado “republicano y volvieron al tradicional rojo y gualda. Una vuelta que no eliminó el escudo con la corona mural ni el resto de símbolos republicanos. Simplemente el orden o la vuelta al estado anterior se traducía, en el lenguaje iconográfico, en un sencillo cambio de color de una sola franja. Un sólo color marcaba la diferencia ideológica de dos bandos, por encima de la forma del Estado.El nido de conspiradores que frecuento, y que se parece más a un club de yoga por el éxito que obtenemos habitualmente en nuestras elucubraciones, se planteó una terrible duda, ¿cómo crear una nueva iconografía que apoye la idea de una III República? La cosa es que el morado no vende. O mejor dicho, vende una idea que no ayuda ni apoya a la III. Como hemos dicho en otras ocasiones, la tricolor está tan vinculada al período histórico en el que se creó que no puede proyectarse como idea de futuro. Su vinculación a la Guerra Civil, procurada en extremo por aquellos que insisten en defender la corona, está tan arraigada que será difícil desprenderse de esa carga. Sin embargo, en este sentido el tiempo juega a su favor. Pues la generación, o generaciones, que ha vivido la guerra o la postguerra desaparece paulatinamente. Por tanto, ese miedo antropológico que se mete con el binomio República-Guerra Civil pierde progresivamente fuerza. Puede que no todo lo rápido que nos gustaría. Es por ello que estamos ante la obligación de buscar nuevos símbolos que representen una manera de pensar una República actual, saltándose los recuerdos y proyectándose en un futuro cercano.
En España, seamos realistas, no existe una corriente de pensamiento favorable a la República. Por mucho que nos duela, los cuatro gatos y tres nostálgicos son insuficientes. Y si todo el apoyo que le queda a la III son los quemafotos o los periodistas del corazón resentidos, estamos jodidos. Pero no todo está perdido. La inexistencia de un sentimiento republicano no implica la inexistencia de unos síntomas republicanos. Me explico. Como todos saben, un síndrome (como el de Ottinger) es un conjunto de síntomas. Los síntomas pueden ser de lo más diverso y sólo en conjunto suponen un fenómeno como un síndrome. En la actualidad, y traducido esto a términos políticos, se observan muchos síntomas de un republicanismo evidente. No son exclusivamente republicanos. Cierto. Pues la existencia de un carácter más o menos democrático, o la concepción de lo Público como una prioridad del Estado, pueden ser ideas coincidentes con otras mentalidades o formas de Estado. Pero cada vez son más las señales que evidencian una incomprensión con el modelo actual, atacándolo en la base que sostiene su idiosincrasia, la irracionalidad de garantizar un sistema democrático en el nacimiento de un varón.
Todas estas señales, puede que mínimas, debe ser canalizadas para generar un síndrome republicano. De nada sirve que la gente no esté de acuerdo con el abultado presupuesto de una familia a la que se mantiene a perpetuidad, o que los intereses privados prevalezcan sobre los públicos... si no concluyen en una “caída de la venda”. Hace mucho tiempo me preguntaron en qué cambiaría España si en lugar de ser una Monarquías parlamentaria fuese una República (federal, esto lo digo yo). La respuesta es sencilla de escribir pero complicada de imaginar. Y es que el Estado no se herede de una tradición monárquica corrupta, llena de pactos fraticidas, en la que no existe una idea de modernidad... hace que el modelo que resulte sea el actual. Sin embargo, imaginen por un momento que no hay deudas del pasado. Que la modernidad es la motivación y que el Estado convierte a los ciudadanos en la garantía de su modelo y no a un varón de una determinada familia. Este cambio de mentalidad puede ser tan sustancial que la transformación formal de un Rey a un Presidente de República sea sólo una anécdota.
Pero para que todas estas piezas encajen y formen el puzzle es necesaria la creación de un sentimiento republicano. Es en este punto donde debemos propiciar el nacimiento de una nueva iconografía para la III República. Unos símbolos que pongan de manifiesto la voluntad de ruptura con el modelo actual y que inviten a unir las discrepancias que los ciudadanos pueden tener con esta Monarquía Parlamentaria. Por encima de las ideologías partidistas y por encima del binomio descrito anteriormente. No tenemos una propuesta concreta, aunque se aceptan ideas y sugerencias. Puede que la bandera actual sin corona ni flor de lis (por mucho que se parezca a la del bando nacional y, por tanto, le haga el juego a los guerracivilistas), puede que una franja morada en la primera banda en lugar de la tercera para indicar que ya no se trata de la II sino de la III, un escudo sin corona de ningún tipo... algo hay que crear. Del mismo modo en el que la II rescató el himno de Riego como banda sonora revolucionaria, para terminar convirtiéndose en himno oficial, es necesario crear una inercia. Debemos crear algo que al principio pase inadvertido y que poco a poco pueda calar y dejarse entender más allá de la estética que presente. Un símbolo al servicio de una idea creciente que cada vez una más voluntades.
Etiquetas: iconos, III República, imágenes











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Coincido contigo en que la tricolor puede ser un símbolo arcaizante y que por ello pueda producir rechazo entre parte de la población (que por motivos de la biología, va dejando de existir), pero la rojigualda no le va a la zaga. Creo que la nueva República (la nuestra, la que nos corresponde, a la que aspiramos y en la que soñamos) debería buscar nuevos símbolos, y quizás esa melange propuesta por el desvarío conspiratorio de salón, pueda ser un inicio tranquilo para el cambio de mentalidad.