27 abril, 2006
Persuasión institucional (V)
El biombo rumano

El éxito en la estrategia del apagón informativo que se desarrolló durante la invasión de Granada y que propició la ausencia de corrientes críticas efectivas, alcanzó su máximo grado de perfeccionamiento durante la campaña en Panamá. Si los ciudadanos poco sabían de Granada poco más debían saber de Panamá. Sin embargo, nuevamente, ya iban unas cuantas, los marines se pusieron en marcha. Esta vez para acabar con el malvado Noriega y con el “descontrol” del Canal, el punto geoestratégico de mayor importancia en el continente americano.

Según la mayoría de las versiones conspirativas, el gobierno de los EE.UU. estuvo preparando la operación con sumo cuidado. Todo estaba listo menos un pequeño detalle, su país no entendía muy bien el interés nacional que se defendía en Panamá, pero mucho menos iban a entenderlo las demás potencias con intereses en la zona. Por ello la persuasión institucional debía salir de sus fronteras dando un golpe de efecto para desviar la atención. Eso que llaman “Inteligencia” en las películas y series de espionaje, tenía serios indicios de la caída del régimen de Nicolae Ceaucescu en Rumania. La bombilla se encendió e hicieron lo posible para que ambos acontecimientos coincidieran en el tiempo. La caída de los eternos enemigos (al menos de unos pocos) sería la distracción perfecta para no llamar la atención sobre lo que sucedía en Panamá. Esta técnica fue bautizada como el “biombo rumano” o “efecto rumano”, aunque más tarde se renombró como “cortina de humo”.

La estrategia consistió en lo siguiente. Nuevamente se aisló a la prensa para que no estuviera presente en las primeras fases de la operación. En el mundo audiovisual sin imágenes no hay hechos. Además, para evitar las preguntas sobre las acciones estadounidenses en tierra panameñas se hizo mirar al mundo hacia lo que sucedía en Rumania, favoreciendo una hipermediatización del desplome el dirigente comunista y un apagón en el Canal. Los programas informativos dominaban la televisión de aquellos años y necesitaban imágenes para acompañar las noticias que daban. Al carecer de las mismas, con otra crisis repleta de buenas historias y planos desde todos los ángulos, más el correcto desvío de atención gubernamental, las operaciones en Panamá pasaron casi inadvertidas en medio mundo.

La combinación de técnicas de manipulación surtió el efecto deseado. Su aplicación, con pequeñas modificaciones, ha continuado hasta la fecha. Se ha perfeccionado hasta el extremo de realizar una película, “La cortina de humo”, basada en la novela de Larry Beinhart, en la que se relata como un productor de Hollywood se inventa una guerra en un país europeo para tapar un escándalo presidencial. Lo curioso del tema es que meses antes del estreno, la realidad había superado a la ficción y el presidente Clinton al borde del impeachment decidió bombardear un país europeo para desviar la atención sobre sus escándalos sexuales.

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25 abril, 2006
Persuasión institucional (IV)
Granada: parte oficial

Granada no era más que una pequeña isla en el Mar del Caribe en la que unos estudiantes norteamericanos se vieron envueltos en una serie de incidentes violentos en lo que su vida corrió peligro. El calendario marcaba el año 1983 y los intereses en la zona eran demasiado importantes como para Estados Unidos dejara pasar la oportunidad de realizar un rescate de sus nacionales y, ya de paso, un aleccionamiento sobre los procesos democráticos, práctica habitual en la zona.

Tras el fracaso comunicativo en Vietnam, donde la sociedad se enteró de más cosas de las que debía, el gobierno estaba dispuesto a adoptar un nuevo modelo de persuasión institucional, caracterizado por el sectarismo y la opacidad. En primer lugar, las noticias sobre la suerte de los estudiantes llegaban de manera confusa, permitiendo el correcto aderezo y la presentación en los términos de defensa de los intereses nacionales y agresión a los Estados Unidos. Cualquier crítica sería planteada en un “conmigo o contra mi”. Esto facilitó la casi ausencia de vías alternativas de pensamiento sobre el papel real que estaba desempeñando EE.UU. en la zona. Las pocas voces disidentes, con el reflujo de las persecuciones a comunistas aún presente, se apuntaban más a los matices que a un análisis pormenorizado.

En segundo lugar, la prensa no fue invitada esta vez a presenciar el desembarco de los marines en la isla caribeña. La peligrosidad de la operación fue la excusa para mantener alejados las cámaras y los cronistas. Durante los cinco días que duró el desembarco y la toma de Granada. Durante ese tiempo no se realizó ninguna instantánea para su exhibición pública. A pesar de la repercusión mediática en los países hispanoamericanos, donde se relataban las operaciones militares, poco se sabe de lo que sucedió realmente en aquellos días. Esta opacidad dio una cierta ventaja a la Casa Blanca ya que de esta forma se evitaba dar explicaciones sobre posibles excesos de sus tropas o las propias muertes de algunos de sus soldados. La poca información de la que se disponía era la que secuencialmente se distribuía a través de los partes oficiales. Mediante este procedimiento se anunciaría, poco después, la constitución de un nuevo gobierno favorable a los intereses de la potencia ocupante.

El mutismo informativo imperante no sentó demasiado bien a una prensa norteamericana que ya se había cobrado su primera gran víctima política años atrás. Imbuidos por el espíritu de “Todos los hombres del presidente”, se reclamaba la verdad al tiempo en el que se denunciaba ante los tribunales la violación de la primera enmienda de su Constitución. Sin embargo, de nada sirvieron los esfuerzos por proclamarse como los defensores de los principios universales. Los ciudadanos realizaron un envío masivo de cartas a los principales diarios estadounidenses apoyado las acciones militares y el procedimiento de salvaguarda informativo con el que se realizaron. La Administración Reagan supo plantear la censura informativa en función de las lealtades a “América” y los ciudadanos nuevamente respondieron a este esquema.

La estrategia había funcionado adecuadamente. En los momentos de mayor expansión de los medios de comunicación la propaganda logró institucionalizar el apagón informativo. La metodología cuya eficacia ya había demostrado Gran Bretaña durante la guerra de las Malvinas, se exportó a otros países suyas opiniones públicas no necesitaban saber que estaban haciendo sus tropas en otros países.

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23 abril, 2006
Persuasión institucional (III)
Vietnam en 16 milímetros

La intervención estadounidense en el sudeste asiático no requirió de un gran esfuerzo mediático para encontrar el respaldo en su opinión pública. La esquizofrenia a la que se venía sometiendo a su población desde el inicio de la política de bloques había llevado a los ciudadanos a considerar seriamente la posibilidad de ver pasear ante sus casas tanques soviéticos si se relajaban en la lucha contra el comunismo. Por ello, el conflicto armado con Vietnam, planteado en los términos adecuados, no supuso un gran desafío para la Casa Blanca. La mayoría de la población se encontraba preparada para luchar contra el enemigo rojo allá donde fuera necesario. La propaganda gubernamental, secundada una vez más por la eficiencia creativa de un Hollywood libre de brujas, evitó la mayoría de críticas a la intervención y facilitó un alistamiento de millares de jóvenes que se disponían a "liberar y ayudar a un pueblo primitivo para que no cayese en las garras del comunismo expansionista”. La excursión de los soldados estadounidense marchaba por buen ritmo hasta que empezó el conflicto real.
El inicio de la guerra coincidió con el desarrolló de la televisión, especialmente en lo referente a los noticiarios. Sin embargo, la guerra en directo fue un descubrimiento de la CNN durante la Guerra del Golfo, por el momento el procedimiento requería un mayor esfuerzo si cabe. Los periodistas no tardaron en llegar a Vietnam gracias a los viajes de promoción del Ejército de los EE.UU., que para evitar posibles problemas legales con los mismos les concedió la graduación de oficial. Con esta categoría militar los periodistas tenían un acceso casi ilimitado al campo de batalla donde grababan con sus cámaras de 16 milímetros horas de información en un formato más próximo al documental que a los cortes de un telediario. No existieron grandes limitaciones a la hora de rodar a las tropas o las acciones militares, aunque eso sí, se reservaban el derecho de retirar cualquier imagen con el fin de proteger la seguridad nacional, el emplazamiento de tropas o la estrategia general. Eufemismos de habitual aplicación.
A pesar de todo, las imágenes que llegaban a los televisores de los ciudadanos estadounidenses no gustaron a los mismos. Aunque se mostraban la crudeza de la contienda muy matizada intentando eliminar los cadáveres de sus soldados, los paisajes de selvas ardiendo por el napalm, combates cuerpo a cuerpo o los prostíbulos repletos de soldados no pudieron ser contrarrestados por la propaganda oficial que mostraba los espectáculos que se les ofrecían a las tropas en tierras vietnamitas, en los que parecía que todo iba bien. Los padres, esposas y familiares de los militares desplazados empezaron a recibir la visita de los oficiales con los telegramas que certificaban la defunción en el frente de hijos, esposos, hermanos… Una televisión poco evolucionada y muy dependiente del poder gubernamental estaba venciendo, sin embargo, a la propaganda institucional. Los ataúdes envueltos en las barras y estrellas no podría contrarrestarse con ninguna noticia oficial del frente que no fuese la victoria total, no sólo en Vietnam sino contra el enemigo real al que habían ido a eliminar.

Únicamente la salvación de la “american life” justificaría el sacrificio que se requería a los ciudadanos estadounidenses, pero a medida que el conflicto avanzaba el éxito se alejaba y las críticas aumentaban. Movimientos pacifistas como el hippie se criminalizaban para paliar sus mensajes, imágenes de las atrocidades provocadas en el conflicto se censuraban, la situación real en el frente se intentaba disimular sin conseguirlo. Pero nada podía evitar las marchas a favor de la paz, los boicots contra los centros de reclutamiento en las universidades ni la formación de una conciencia nacional de repulsa a la guerra (animada más que por lo que sucedía por la derrota inminente). Y es que los medios de comunicación contrarrestaron una muy mala estrategia comunicativa de la propaganda institucional. Las imágenes de soldados estadounidenses ayudando a los desdichados vietnamitas de las aldeas no podrán hacer olvidar nunca la imagen de aquella niña que corría abrasada por el napalm.
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19 abril, 2006
Persuasión institucional (II)
El sargento York

Tras el fracaso de los 14 puntos propuestos por Wilson, escenificado con el rechazo del Senado de los Estados Unidos a la entrada en la Sociedad de Naciones, la población estadounidense retorno a un plácido aislamiento de la Sociedad Internacional, ligeramente más disimulado que el de antes de su participación en la Primera Guerra Mundial. A pesar de la existencia de hechos traumáticos como el crack del 29, no se vivía con el desasosiego en el que la sociedad europea incubaba los totalitarismos y algunos conflictos regionales. Sin embargo, nuevamente la guerra estalló en Europa y los Estados Unidos se vieron en la tesitura de participar en un conflicto en el que aparentemente no tenían nada que ver. A los ciudadanos no les interesaba en exceso las cosas que sucedían en el viejo continente. Pese a la existencia de los “voceros” a pie de calle que hacían propaganda contra los excesos del ejército alemán, el aislacionismo imperante sobrevivía con una cierta placidez. Pero pronto el gobierno de Roosevelt se dio cuenta de la importancia de una movilización civil a favor del conflicto para facilitar así la entrada en la Guerra de su país y decidió articular los mecanismos gubernamentales para acometer dicho objetivo.

Aunque los métodos empleados por la Comisión Creel, tales como la muestra de fotografías con niños belgas asesinados por el ejército del Kaiser, quedaban un poco obsoletos, se apostó por un reciclaje de los mismos para enfrentarse a los dos principales desafíos que se le planteaban al presidente, cultivar las ansias de la población por intervenir en la guerra y fomentar un alistamiento masivo para la construcción de un gran ejército. Sin olvidarnos de la venta de bonos de guerra que tan generosamente se publicitó y que casi se adelantó al célebre “No te preguntes que puede hacer América por ti…”

La maquinaría institucional se puso en funcionamiento y aunque la CIA aún no le escribía los guiones a los grandes estudios, en Hollywood se vivía una de las mejores épocas que el cine ha conocido y una de las de mayor intensidad colaboracionista con los intereses estatales. El gobierno reclamó la ayuda de Hollywood y directores como Howard Hawks realizaron algunos de sus mejores trabajos. La película “El sargento York”, además de situarse como una de las mejores películas bélicas de la historia, retrató de una manera épica la vida de uno de los mayores héroes de la Primera Guerra Mundial. Esta película, y numerosas más, contribuyeron a crear una conciencia entre los ciudadanos para que unos se alistaran al ejército y otras a los cuerpos de voluntariado para el servicio de enfermería.

La dependencia mediática que medio mundo tenía por el glamour del Hollywood dorado y las grandes estrellas fue un determinante para el fomento de la movilización popular. Éstas tenían que dar ejemplo, como el primero de los patriotas. El más destacado fue sin duda James Stewart, un auténtico héroe americano que sacrificó su carrera de actor alistándose al ejército para contribuir a la causa nacional, llegando a la graduación de general y, según contaban las crónicas de los magacines del cuché, con gran valentía en el campo de batalla.

La movilización de EE.UU. y la decisión de su intervención se vieron confirmadas con un hecho que, independientemente de las diferentes versiones conspirativas que circulan, escenificó la necesidad de la defensa nacional, el ataque japonés en la base naval de Pearl Harbor. Con esta acción militar se precipitó la entrada en la guerra y la actividad propagandista gubernamental que generó de nuevo un histerismo contra los espías y conspiradores enemigos que fueron delatados y recluidos en campos de internamiento (eufemismo de concentración).

Sin embargo, gracias al correcto empleo de los medios propagandísticos y el recurso cinematográfico, más el ataque japonés, se consiguió que la persuasión institucional calara entre los ciudadanos estadounidenses. Correctamente conducidas las ansias de venganza hacia un objetivo claramente identificado y mostrado por el gobierno, EE.UU. se apuntó a una guerra que lo arrancaría para siempre del aislamiento y el pacifismo de principios de siglo. Para evitar el despiste colectivo y las posibles voces críticas los noticiarios cinematográficos se veían condimentados con excelentes diarios de guerra narrados por directores de la talla de John Houston o Frank Capra, en los que se mostraba una visión heroica de los soldados defendiendo los intereses nacionales y, ya de paso, los principios universales. Los medios institucionales habían reformado la sociedad para ponerla al servicio de los intereses expansionistas.
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17 abril, 2006
Persuasión institucional (I)
Serie de entradas centrada en la historia de la persuasión institucional en los Estados Unidos a través de diversos conflictos.
La Comisión Creel

Durante la Primera Guerra Mundial, Wilson fue elegido como presidente de los Estados Unidos de Norteamérica gracias al empleo de uno de los eslóganes más pacifistas que se han formulado en una campaña electoral: “Paz sin victoria”. Este mensaje tuvo un enorme respaldo en la sociedad estadounidense, pacifista y alejada un conflicto mundial que era percibido como netamente europeo. Sin embargo, el nuevo presidente era consciente de la importancia expansionista que tenía la intervención de su país en el conflicto armado. La contradicción entre el programa político con el que ganó las elecciones Wilson, esencialmente no belicista, con los auténticos deseos la Casa Blanca se resolvió con la clara intención de convencer a los ciudadanos de la conveniencia de la intervención armada en la ofensiva.

Para persuadir a los ciudadanos de la intervención, y que éstos a su vez convencieran a su gobierno de lo adecuado de participar en la Gran Guerra, se creó el Comité de Información Pública (CIP). Más conocido como la Comisión Creel al adoptar el nombre de la persona que se encontraba al frente de la misma, George Creel, se constituyó como una agencia independiente, aunque en sintonía con las directrices de la Casa Blanca (de hecho, formaba parte de la misma el Secretario de Estado). Su principal objetivo era establecer una perfecta sintonía entre lo que el gobierno hacía y lo que los ciudadanos demandaban.

Podemos afirmar que nos encontramos ante una de las maquinarias más efectivas de propaganda institucional. En pocos meses, por medio del envío masivo de propaganda, manipulación de los medios, recorte de las noticias que llegaban del frente y otras acciones en este sentido, consiguieron que la población estadounidense creyese que el enemigo alemán acechaba la frontera americana. Los carteles propagandísticos llenos de simbolismo contribuyeron enormemente al éxito de la empresa, pero fue Hollywood el principal baluarte del CIP. Con películas como “The Kaiser, the Beast of Berlin” o “To Hell with the Kaiser!”, de escasa calidad cinematográfica pero gran valor propagandístico, se mostró a la población la amenaza alemana. Además, se repartieron folletos alertando a la población sobre la existencia de espías alemanes y pidiendo su colaboración para detectar cualquier amenaza a la seguridad nacional.

La histeria no tardó en cundir entre la población y la marginación a la población de origen germánico se hizo patente. Fue en este período de tiempo en el que se fundaron asociaciones tan ilustres y de un marcado carácter patrio como la American Protective League que se dedicó a campañas públicas de búsqueda de elementos subversivos en la sociedad (trabajando conjuntamente con el Departamento de Investigación, que se transformaría en lo que hoy conocemos como FBI) y a encabezar, junto a otras organizaciones, una corriente que animaba a la defensa nacional de los Estados Unidos.

En unos pocos meses, por medio de la manipulación gubernamental, la población de los Estados Unidos pasó de un pacifismo aislacionista a un intervencionismo beligerante, coincidiendo una inmensa mayoría, con la casi ausencia de críticas, con la participación en el conflicto mundial y la aniquilación del (nuevo) enemigo alemán.

La vida del comité no se extendió más allá del año 1919.

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14 abril, 2006
La Segunda República comunica... (y II)
En el año 1936 tuvo lugar una comida entre Miguel de Unamuno y Franco, antes del triunfo electoral del Frente Popular. La cita se desarrolló en el Hotel Nacional con testigos como Manuel Portela Valladares (del que hemos hablado en la anterior entrada). De la misma se extraen las siguientes palabras de Unamuno. La totalidad de la conversación se puede encontrar el libro “El otro Franco”, un tanto favorable a la figura del caudillo.

[…] “cuando los monárquicos trajeron la República y la República me trajo a mí, yo viví como una cierta esperanza, creí entonces, ¡iluso de mí!, que por fin había llegado la hora de España… ¡Era todo tan bonito!, un pueblo que se echa a la calle y que cantando arroja por la borda a una Monarquía de siglos, ¡era todo un acontecimiento!... una ocasión histórica... Pero no. La República se suicidó recién nacida, quizá porque la «comadrona» fue el resentimiento. Ya saben que su mentor, el señor Azaña, como dije en su momento, era un escritor sin lectores capaz de hacer la revolución para que le leyeran… No, y me di cuenta en cuanto me hicieron diputado y entré en las Cortes… aquello no era un lugar de encuentro, aquello fue desde el primer día el paraíso del desencuentro, una Torre de Babel a lo pobre. Ortega lo denunció enseguida con su «¡No es esto, no es esto!» famoso, pero yo preferí retirarme a mi Salamanca y seguir predicando en el desierto…

¿Y ahora?

Ahora, aquella mi esperanza del comienzo es ya un túnel sin salida. Mejor dicho, con una única salida: la del enfrentamiento, la del exterminio, la de siempre… o tú o yo. ¡No, no me gustan como van las cosas!... Las izquierdas, o eso que llaman izquierdas, se han vuelto locas, y las derechas, o eso que llaman derechas, están ciegas… o sea, que estamos entre locos y ciegos… ¡Y esto no puede terminar bien!


[…]

A veces pienso que habría que hacer una evangelización nacional para convencer a estos y aquellos de que la República, como la Monarquía, son meros accidentes en el tiempo y que lo importante, lo trascendente, es España… pero, los hechos diferenciales pueblerinos han hecho imposible esa vía. Otras veces pienso que lo que esta España necesita es fundirla, refundirla y recrearla…. Habría que acabar con eso de las izquierdas y las derechas y convencer, que no vencer, a todos que sólo un movimiento unificador de pasiones y ambiciones puede salvarnos. ¡Y educación, mucha educación, política y de la otra!

¿y el Ejército? (preguntó el General Franco)

Mire usted, general… El ejército es como el resto de los españoles… Ya vio lo que pasó con Primo de Rivera y sus generales…” [...]

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publicado por Øttinger a las 7:53 PM | Enlace permanente | 2 postilla (s)
La Segunda República comunica... (I)
[Siguiendo con la línea de este blog y en un día como el de hoy en el que se celebra el aniversario de la proclamación de la II República española, realizaremos dos entradas. En esta primera (que será la que aparezca segunda) una breve historia de la comunicación y la política en tiempos republicanos. En una segunda entrada, las palabras de una de las mentes más claras de las que disfrutó aquella España.]

Corría el año 1936 cuando el Jefe de Gobierno de la República, Manuel Portela Valladares, en pleno uso de sus poderes políticos. Prohibió, a dos días de las elecciones, el empleo de la radio para la difusión de los mensajes electorales así como de cualquier otro contenido de la campaña electoral. Si lo traducimos a nuestros días es como si el Jefe de Gabinete de La Moncloa prohibiese el empleo de la televisión para la campaña política. Sin embargo, en la época que corría se encontró una justificación con la que muchos estarán de acuerdo.

Ante tal atropello de los intereses públicos de la República (eso decía la prensa), el Jefe de Gabinete convino en aclarar que la propaganda política de cartel mantenía un formato estático. Los ciudadanos que paseaban por la calle podía o no reparar en ella, sin necesidad de leer forzosamente su contenido. Sin embargo, la propaganda que los partidos insertaban en las radios se imponía por fuerza a los ciudadanos. Cuando uno escuchaba una emisora (recordemos que no existían las decenas de diales actuales y el zapping no era una práctica habitual) y sonaba un anuncio electoral, éste invadía el hogar del oyente, quisiese o no escucharlo, estuviese o no interesado por esa opción partidista o le interesase o no mantenerse informado sobre la situación electoral del país.

Es curioso como el Gobierno republicano, que llegó acompañado de los más modernos principios y sobre la base de la razón y la ciencia, llegase a limitar el uso de una de las tecnologías más punteras que había en la fecha para su empleo político. Antepuso el derecho a la libertad de escuchar lo que a uno le apeteciese por encima del derecho a la publicidad política. Limitando el juego político pero concediendo a los ciudadanos una opción de la que hoy no se disfruta (a no ser que seas suscriptor de los canales estadounidenses de cable sin publicidad).

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10 abril, 2006
Un barco con rumbo a la causalidad

A veces, en la Historia, una anécdota, una causalidad o un hecho sin importancia por lo vulgar, es capaz de cambiar el curso de la misma, creando un punto de inflexión años después de haberse producido. Mucho más peso tiene cuando se trata de todo un acontecimiento. Este es el caso de Henry Morton Stanley. Y es que después de leer el magnifico relato publicado por el_situacionista sobre el Principio de Stanley y la importancia del mismo en la colonización africana, no he podido evitar comentar dicha entrada en este blog de moral tan relajada y memoria tan selectiva

La importancia de Stanley va más allá de su propia inmortalización y la del Dr. Livingstone con la famosa frase ya explicada en el blog amigo. La principal aportación de este individuo no fue otra que lograr que las cientos de tribus que componían El Congo firmasen una serie de contratos en virtud de los cuales todo el territorio pasaba a la propiedad personal de Leopoldo II. Supongo que el genocidio en estas tierras africanas, la aparición de los primeros movimientos humanitarios de denuncia (inéditos hasta la fecha con G.W. Williams a la cabeza y con Stanley dando la réplica en los periódicos neoyorkinos) será objeto de las próximas entregas de el_situacionista por lo que no nos detendremos en estos asuntos.

Leopoldo II y Stanley iniciaron rápidamente la explotación comercial de las nuevas posesiones reales. A pesar de que el caucho se convirtió en la materia prima de explotación y exportación prioritaria de El Congo a Europa y Estados Unidos, estas líneas no justificarían la coincidencia histórica a la que pretendemos llegar. En realidad fue el uranio el que cambió el curso de la Historia. Como he dicho al principio, las causalidades (no casualidades) son caprichosas. Y que causalidad que gracias a la búsqueda de Livingstone por Stanley, su posterior descalabro con el Imperio Británico y su arreglo con Leopoldo II, décadas después de El Congo salió un barco cargado con uranio destino a los Estados Unidos. Una vez allí se procedió a su mezcla y enriquecimiento hasta convertirse en uranio-235, para acomodarse en el interior de “Little boy” y “Fat man”, dos bombas atómicas que fueron lanzadas el 2 y 6 de agosto de 1945 sobre las poblaciones japonesas de Hiroshima y Nagasaki con el resultado que todos conocemos.

No podemos culpar a Stanley de los muertos que ocasionó el invento, para ello tendríamos que realizar una lista de todos aquellos que intervinieron en el “Proyecto Manhattan”, desde Roosevelt que lo autorizó hasta Einstein que sugirió la idea. El caso es que como de coincidencias se trata, de aquellas tierras negociadas por el explorador estadounidense salió la muerte, en forma de mineral, para generaciones de japoneses que siguen padeciendo las consecuencias de la explosión nuclear.

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09 abril, 2006
El rock ya no es lo que era
Por fin, tras más de veinte años intentándolo, los Rolling Stones han conseguido actuar en la China comunista menos dogmática de su historia. Lo cierto es que esta podría ser una de las noticias del día (tal y como periódicos, televisiones y radios nos han hechos creer), lo que sucede es que si rascamos un poco descubrimos que el fantástico acontecimiento se produce ante apenas 8000 personas, extranjeros en su mayoría, con varias canciones del repertorio censuradas y con parte del espectáculo modificado. Sin duda mucho menos de lo que los sufridos fans merecían, o no.

Lejos de la provocación y reivindicaciones que se supone acompañan a la banda, los Rolling han optado por su versión más edulcorada con el objeto de vender su concierto a la televisión china que en breve realizará una retrasmisión del mismo con el previo paso por "Montajes Tse Tung". Así que el éxito de la banda de rock en China no es más que el éxito de otro paquete comercial vendido en fascículos.

¿Qué será lo próximo? ¿Madonna bailando con su versión española en la plaza de Tiananmen en el aniversario de la Revolución?
 
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04 abril, 2006
¿Cuánto cuesta un billete de autobús?

Siguiendo con la estela del síndrome de Ottinger, nos situamos en la campaña presidencial francesa de mediados de la década de 1970, en la que se había presentado Valery Giscard d’Estaing. Este candidato, como casi todos los políticos franceses que han llegado a ser algo, se había formado en la Escuela Politécnica y la Escuela Nacional de la Administración, acrecentando su fama de aburguesado y elitista. Opinión que se extendía entre los ciudadanos y que necesitaba contrarrestar ya que le quitaba votos. Para salvar la distancia que existía entre los electores y el candidato, sus asesores intentaron ofrecer una imagen de hombre cercano al pueblo, conocedor de sus necesidades y portador de soluciones.

En este intento de crear un personaje popular para las masas, d’Estaing acudió a un programa de televisión donde no dudó en interpretar canciones populares con un acordeón a los María Jesús. Cuando parecía que todo marchaba sobre ruedas, el presentador le realizó una difícil pregunta al candidato, ¿cuánto cuesta un billete de autobús?

Tras un largo silencio, d’Estaing afirmó no conocer la respuesta a tan compleja pregunta. De esta manera se derrumbó la imagen que pretendía crear, reforzándose el carácter aburguesado que los ciudadanos percibían y que él trataba de disimular.

Un nuevo fracaso de los asesores de imagen del qué, sin embargo, llegó a ser Presidente de la República Francesa.

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01 abril, 2006
Esther Minio, la Master, el Sr. Boss y el amigo Preven


Han pasado casi cinco años desde que una mujer única apareciera por primera vez en la vida de los estudiantes de la Facultad de Ciencias Políticas de la UCM. Muchos ya no se acordarán de ella, pero algunos aún conservamos en la retina la silueta inconfundible de Esther Minio. Tras una huelga general denunció el cierre con llave de las salidas de emergencia del edificio y el riesgo que suponía para los habitantes del mismo en caso de emergencia. Además, publicó un escrito explicando este hecho y la inexistencia de un plan de evacuación del centro como medida de presión para que las autoridades actuasen subsanando estas deficiencias.

Lejos de entender la importancia de estas denuncias, la Master and Commander de la Facultad se enojó con aquellos que veíamos, al igual que Esther, el riesgo de aquella situación. Como si de una mentira se tratase, fuimos perseguidos y arrinconados por aquellos a los que la Master enviaba para dar cuenta de nuestra vida académica. Inferiores en número, recurrimos al arma que más victorias ha proporcionado en la triste historia de las guerras, la astucia. Decidimos dar conocimiento de esta situación a nuestros compañeros, a otros profesores, a los trabajadores del centro, a los medios de comunicación y a la señora de la panadería que no sabía ni donde estaba la Facultad ni le importaba pero que siempre se solidarizaba con las causas justas.

Su ofensiva continuaba. Emplearon artillería de largo alcance para acabar con nuestra defensa. Sin embargo, como buenos jugadores de fondo, devolvimos cada pelota al otro lado de la red, cada vez golpeábamos con más fuerza hasta que no pudieron devolver el golpe. No hubo victoria, no hubo perdón, no hubo reconocimiento, sólo un silencio institucional acompañado de un hilo musical que acompañaba los últimos momentos de la Master, que dejaba el timón al Sr. Hugo Boss. La paz había llegado por incomparecencia del rival, pero eso daba igual. En nuestro empeño de hacer lo que creíamos correcto, le presentamos al Sr. Boss a nuestra amiga Esther Minio, quién le explicó todas aquellas cosas que había que subsanar. Buenas palabras y bueno gestos y mucho más stand by.

El tiempo pasó y pasó. Las prioridades cambiaban cada estación, hasta que un día apareció uno de los mejores amigos de Esther, el señor Prevención de Riesgos con la legislación debajo del brazo. Por fin se han cambiado los extintores, se han señalado las salidas, se han indicado las rutas que deben seguirse en caso de desalojo y el miércoles 29 de marzo de 2006, casi cinco años después, por fin Esther, acompañada de Preven y con Hugo Boss de maestro de ceremonia, pudo presenciar el primer simulacro de evacuación de la Facultad de Ciencias Políticas.

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