25 marzo, 2006
Polemizar

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- ¿Y tú de mayor qué quieres ser?
- ¿Yo? Tertuliano.
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Podía haber dicho que de mayor quería ser futbolista, estrella del rock o el investigador que descubrirá la vacuna contra el SIDA o el remedio contra el cáncer. Pero… en qué otro trabajo a uno le permiten hablar mal de todo el mundo, vaticinar el inicio de la Tercera Guerra Mundial, comentar el embarazo de alguna famosilla de alto standing, pedir la dimisión de un ministro, analizar la crisis del Real Madrid y todo ello sin despeinarse y antes de tomarse el primer café de la mañana. Sólo puedes conseguirlo si eres un tertuliano profesional.


Pero el camino es largo y tortuoso. No basta con ser un tertuliano de barra de bar, de esos que están con el oído puesto en todas las conversaciones de los demás para entrar al trapo en cuanto pueden apostillar algo y que terminan por convertirse en el terror de todos los parroquianos. Para participar en las tertulias de análisis político de nuestras radios y televisiones hay que arriesgarse más, no limitarse a comentar la realidad, los problemas de la gente o el precio de los tomates. No. Para acceder al difícil mundo de la tertulia profesional hay que ser creativos, imaginando hechos que no ha sucedido pero que sucederán (quizá en un realidad paralela), sacar punta al dedo acusador para señalar al culpable de todos los males (el que abrió la caja de Pandora está entre nosotros y tú sabes quién es), pedir cuatro o cinco dimisiones por tertulia (aleatoriamente, qué más da), declarase independiente y libre de cualquier mancha de nacimiento, buscar conspiraciones (sí hay una colilla es porque alguien ha fumado), creerse un ser superior a la media (pobres mortales de mierda si no es por mi de qué os ibais a enterar) y la más importante de todas, no ser tan estúpido como para meterse con la empresa que abona los servicios prestados (no te metas con Polanco si trabajas en la SER, los obispos si estás en la COPE, con el botillo del Bierzo si colaboras con Luis del Olmo, etc.).

Aplicando todas estas reglas básicas, a las que podríamos añadir muchas más, podrás apropiarte de un extraño verbo que el castellano debió rehusar en su momento, polemizar. Los polemistas, qué gran estirpe. No respetarás ni las mínimas reglas del lenguaje, cuando no hables de “tullidos” como Margarita Sáenz-Díaz en el programa “59 segundos” en referencia a las víctimas del terrorismo, dirás que España se ha balcanizado. Un poco de corrección, que los Balcanes quedan muy lejos, en todo caso se habrá mesetizado o iberizado.


Vigías de Occidente, pueden esclarecer cualquier asunto sin miedo a equivocarse y no por estar en posesión de la infalibilidad papal, que esa es del Papa y de nadie más, sino porque nadie les ha pedido responsabilidades nunca. Al más puro estilo constitucional, son irresponsables de sí mismos, únicamente están opinando, qué importa lo que se difame, perjudique, alerte o simplemente aburra. ¿Alguien conoce el caso de algún tertuliano que haya dimitido por sus declaraciones?

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- ¿Por qué tertuliano?
- Parece fácil, ¿no?
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publicado por Øttinger a las 7:45 PM | Enlace permanente | 5 postilla (s)
19 marzo, 2006
El síndrome de Ottinger
El refrán “dar gato por liebre” nunca soñó con tener su propio síndrome, hoy olvidado y casi desconocido. Y es que la dignidad de lo que el pueblo sabe y conoce no llega casi nunca, únicamente cuando la Academia se pronuncia o cuando alguien la caga.

En la comunicación política y el marketing los asesores crean un perfil público en el que los políticos o candidatos deben encajar. La línea de puntos que indica por donde recortar el personaje la dibujan los gustos mayoritarios de la sociedad, las demandas de los electores y los principios inalienables como la paz mundial y penas más duras para los violadores. Toda una serie de indicaciones que tiene como resultado la edición de la imagen perfecta de un candidato que ganará las elecciones.

Richard Ottinger no era más que un joven político con poca experiencia que se presentaba al senado de los Estados Unidos en 1976. Sus asesores, bien intencionados (y seguro que bien remunerados), pensaron que la mejor manera de presentar a su candidato ante los electores era la de mostrar a un joven seguro de sí mismo, con conocimiento de los problemas de la gente y capaz de acometer aquellas acciones que fueran necesarias para satisfacer las necesidades de los electores. Algo parecido al ejecutivo agresivo de Wall Street que Michael Douglas interpretó en la película de Oliver Stone.

La imagen que crearon tuvo una enorme efectividad. A los ciudadanos les gustaba ese joven dinámico, decidido y con gran independencia. Sin embargo, Ottinger acudió a un programa de televisión en el que se enfrentó con algunos de sus adversarios, quiénes no dudaron en lazarle preguntas concretas sobre problemas concretos. No hubo respuesta. No podía haber respuesta. Tan preocupado de mostrar su perfil bueno, el candidato se olvidó de llenar de contenido su personaje. Los ataques de los demás candidatos dejaron al bueno de Ottinger dudando que responder, sin salida, parado ante la opinión pública mientras su imagen de proto-yupi de desmoronaba dejando ver al verdadero Ottinger.

Desde ese momento, la inadecuación entre la imagen pública de los políticos y la su personalidad se conoce como “el síndrome de Ottinger”. Un concepto en desuso y casi olvidado gracias al excelente trabajo de adiestramiento que los expertos en marketing y comunicación política realizan con sus contratantes. No obstante, los ejemplos de este síndrome son frecuentes.
Por trece pesetas, víctimas del síndrome de Ottinger...

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publicado por Øttinger a las 7:42 PM | Enlace permanente | 5 postilla (s)
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